Algo pesado corría sobre el techo de la casa (cuento)
.
Guiada por su intuición, Lupita decidió volver al pueblo donde una vez fue niña. Tenía la corazonada de que para liberarse, ahora de adulta, de la persecución del Güin, debía confrontarlo cara a cara. Resolvió hacerlo porque tres veces un sueño recurrente la atormentó en noches imprevisibles. En ese mundo onírico, revivía la madrugada del velorio de su abuela. Tenía apenas cuatro años y su madre la acostó en la cama de la habitación donde, horas antes, la pariente que ahora le parecía tan lejana había dejado el plano terrenal. A un lado, en la sala, un grupo de señoras rezaban un rosario de cuerpo presente que poco a poco la sumió en un húmedo letargo. Ya estando en el estado de duermevela, entre la vigilia y el sueño, un extraño animal levantó la lámina de zinc del cuarto y la observó con sus ojos enormes.
La intuición no era nada nuevo para ella; era, en realidad, su fiel compañera de vida. Como psicoterapeuta, se había inclinado al estudio de la metafísica como una terapia personal y de autoconocimiento para tratar los dolores emocionales de sus pacientes. Confiaba en su intuición más que en lo aprendido en las aulas, incluso más de lo que había aprendido leyendo a Freud, a Jung y a Adler. Sin necesidad de ver el reloj, su intuición le dictaba la hora exacta del día, sabía de qué iba a tratar esa llamada que entraba entre sesiones, cuál era el diagnóstico de su paciente, cuál su dolor espiritual y cuál el tratamiento, todo sin necesidad de usar el intelecto.
Sí, era apenas una niña cuando el Güin se le apareció. Recordaba ese mes de marzo. Su madre la sacó de la escuela entre llantos, jalandola del brazo y gritando: ≪¡Está muerta, está muerta, tu abuela está muerta!≫. Luego, tenía imágenes del trayecto en el bus de parrilla; de su madre dándole un manojo de flores para que las pusiera en sus rodillas mientras emprendían el viaje a la costa sur de Guatemala.
Cuando llegaron al pueblo, que sólo visitaban para la noche de Nochevieja, los familiares y conocidos ya estaban reunidos envueltos en el sopor del velorio. Recordaba las calles de tierra, el centro del poblado donde se vendían huevos de iguana, el tanque de agua donde las señoras lavaban, y a su par, la gran casa de madera de su abuela, el cuerpo en el féretro, las enormes velas de muerto que intensificaban los calores nocturnos y humanos, y la gigantesca carpa instalada en la calle donde las sillas se amontonaban, sin ningún orden específico, esperando más dolientes.
Fue también la primera vez que, quizá, su intuición la visitó, porque mientras la oscuridad avanzaba, supo que el velorio no terminaría pronto y que toda esa gente amanecería allí contando anécdotas y chistes sobre la fallecida hasta que fuera hora de irse al camposanto. Fue entonces cuando le dijo a su madre que estaba cansada, y ella la acomodó en la cama donde su abuela había fallecido esa misma mañana de marzo. La niña se quedó medio dormida, protegida por un mosquitero, mientras sudaba la mala hora previa a su desgracia.
Cuando empezó a entrar en el estado de duermevela, sucedió:
Escuchó cómo algo pesado corría, a gran velocidad, sobre el techo de la casa. Era muy rápido, en verdad era veloz y pesado. Al abrir los ojos, descubrió cómo las láminas se doblaban por la gravedad de lo que sucedía arriba. Era un sonido que, supo, no era de este mundo, porque le provocaba una sensación extraña de no pertenecer, por un momento, a la realidad. La presencia de esa cosa era tan fuerte que pensó que caería en la habitación. Pero, al contrario, hubo un silencio pasajero que la estremeció antes de la fatalidad: a los pocos segundos, una mano peluda, de humano pero con garras de perro, levantó la lámina aflojando los clavos de la madera donde se sostenía, y vio a un perro grande, viejo y babeante, mirándola con sus ojos rojos y puntiagudos mientras le ofrecía una sonrisa gigantesca que dejaba ver sus colmillos.
Lupita salió corriendo del cuarto y, al pasar, volcó una candela. Las rezadoras parecían ajenas a lo que había ocurrido hasta cuando ya estaba sucediendo lo fatal. El vestido de encaje que llevaba pronto agarró las llamas, y su cuerpo se vio envuelto en fuego, quemándole la pierna derecha y dejándole una cicatriz para siempre, un morado que creció con ella, hasta ahora, en el año de sus 33 años.
≪¡Me asustó!≫, gritaba entre el fuego. ≪¡Me asustó!, ¡hay un animal en ese cuarto!≫, decía, mientras las rezadoras intentaban quitarle el vestido e iban corriendo por agua al tanque público al lado de la casa.
Si algo recordaba muy bien, ahora que regresaba al pueblo, era la certeza de que una quemadura duele más cuando sucede en la costa. Se había quemado muchas veces en la vida, pero ninguna le dolió tanto como aquella noche y en los días siguientes, durante las novenas, cuando tenía que meter la pierna al tanque para sentir un poco de alivio.
Aún no había amanecido cuando le aplicaron ungüento, y esta vez su madre decidió acompañarla en la cama para que pudiera dormir unos momentos. Sin embargo, no pudo. El ardor era insoportable. Observaba entre las ranuras de las tablas de las paredes de madera a los hombres del velorio, sentados en las sillas, con las camisetas levantadas sobre el ombligo, abanicándose y tomando cerveza. ≪Se le apareció el Güin a la pequeña≫, decía uno.
Y fue esa misma madrugada, en la que la pasó asustada y delirante por el dolor que escuchó la historia entre las conversaciones de los señores, que a cualquiera le hubieran parecido murmullos, a todos, menos a ella:
—El Güin es un hombre malo que tiene la capacidad de convertirse en perro a voluntad. Se sube a los techos de las casas para causar alboroto y se roba a las gallinas.
Escuchó que había que atraparlo y azotarlo para que dejara de hacer alboroto; escuchó, también, que una vez castigado se convertía en hombre y salía huyendo, aunque siempre regresaba por temporadas.
Aquel pasaje de su infancia desapareció en de su vida, hasta cuando, exhausta después de atender a su último paciente un viernes por la noche, regresó a su casa en la ciudad y se quedó profundamente dormida en el sillón mientras veía una película. Ese episodio de sus cuatro años, volvió en sueños por tres veces.
Los ojos estaban presentes, imborrables cada noche en los que el proceso de alienación se instauró en su alma, hasta hacerle perder la virtud de estar en medio de las coordenadas de la tierra. Dejó de atender en el consultorio una semana antes de haber esperando a que llegara la genuina inspiración de la intuición. A que le dictara lo que debía hacer, y de hecho, fue su fe en ella la que le dijo que debía regresar al pueblo donde una vez fue niña, al cual no había vuelto desde hace una década, cuando su madre falleció. Regresaría a la vieja casa de su abuela que recibió como herencia, y dormir en la misma cama, que seguramente permanecía intacta, encapsulando el tiempo de otras eras, para intentar, por fin, quedarse dormida y, en medio del estado de duermevela, volver a tener contacto con él.
Pero, en efecto, ya era otro tiempo y otro pueblo. Las casas de madera y lámina se habían cambiado por casas de block con terraza, y en lugar de tiendas y cantinas alumbradas al anochecer con velas y focos amarillos, ahora había locales de ventas de cosas pirateadas, ropa americana y artículos de plástico que la alejaban del recuerdo nostálgico de su infancia. Pero había algo extraño, demasiado extraño: los locales, aunque abiertos, estaban vacíos. Las calles estaban vacías, y un maldito aroma le recordaba la presencia de la muerte, ese olor que sus pacientes suicidas llevaban cuando ambos sabían que sería la última vez que se verían, y que la terapia no había funcionado, no porque su intuición fallara, sino porque en verdad ya no había nada que hacer.
Recorrió las mismas calles hasta llegar al centro de la ciudad, donde las luces de neón de feria de dos o tres casetas esperaban a sus dueños como si aquello fuera un pueblo fantasma. Tenía sed, pero nadie servía la horchata; tenía calor, y la humedad de las cuatro de la tarde le golpeaba la cara con un tierno beso que la envolvía en el sudor de una aventura que le parecía extraña. ≪Seguiré soñando≫, dijo, pero el golpe de la realidad activó el mecanismo de su consciencia cuando apareció un grupo de niños descalzos saliendo de entre las champas improvisadas del mercado municipal, corriendo y tratando de desenredar una soga. ≪Apresurémonos≫, dijo uno de ellos, y ella corrió tras ellos para preguntarles dónde estaban los demás.
—Es que lo agarraron —dijo otro—, agarraron al ladrón de gallinas.
—Lo quieren amarrar a un poste en el campo de fútbol —gritó a la distancia el más pequeño.
Lupita supo entonces que el encuentro estaba cerca. No se había equivocado: algo estaba ocurriendo en este pueblo, y ella había regresado para rendir cuentas, para saber, por fin, y conocer la forma humana de quien la llamaba en sueños.
Persiguió a los niños hasta llegar al campo de fútbol, y encontró a la multitud en círculo y en el centro reconoció una figura humana demacrada, golpeada, y con la boca empapada en sangre, pidiendo perdón.
El bullicio era ensordecedor, pero se distinguían las constantes palabras ≪ladrón, ladrón, ladrón≫. Mientras Lupita se abría paso entre la multitud, sintió cómo la mirada de alguien conocido se posaba en ella.
Lupita avanzaba entre la muchedumbre con firmeza, sintiendo que cada paso la acercaba no solo a su destino físico, sino a una culminación inevitable. Algo en su interior parecía estar ajustando cuentas, y gracias a sus estudios de metafísica, comprendía que el universo estaba alineándose justo para este momento.
Al llegar al frente de la multitud, lo vio. No hubo dudas en ella. Estaba sentado y hundido en las alucinaciones de sus golpes. Aquellos ojos inyectados en sangre eran los mismos que la miraron cuando era una niña. Lupita se sintió libre, inspirada, completamente humana. Con voz clara y firme, señaló: ≪Él fue... él fue...≫, mientras se bajaba el pantalón beige, mostrando la quemadura que aún marcaba su piel. ≪Hay que prenderle fuego por lo que me hizo≫, sentenció.
La turba, como movida por el instinto primitivo, desechó la idea de amarrarlo a un poste y roció gasolina sobre el hombre. Uno de los ancianos, con su autoridad sobre las cosas del pueblo, fue quien le prendió fuego con un mechero. El ladrón, envuelto en llamas, corrió por todo el campo de fútbol, gritando de dolor, tratando con fuerza humana, pero también sin esperanza, arrancar su carne mientras su cuerpo ardía. Los minutos transcurrieron lentamente, hasta que su figura, envuelta en el umbral entre lo vivo y lo muerto, colapsó en el centro del campo. Lo que quedó de él no era más que un pedazo de carbón. El olor le recordó a Lupita el de su propio vestido quemado tantos años atrás.
La multitud se dispersó sin hacerle preguntas, como si el acto de justicia fuera tan natural que no necesita explicación. Nadie parecía reconocerla, y ella ya no conocía a nadie. Sintiéndose invadida por la nostalgia, decidió regresar a la casa de su abuela.
En una banqueta, una vecina anciana, flaca y encorvada estaba sentada recibiendo el último rayo de sol del día. La última vez que Lupita la vio, era una señora de apenas 50 años muy gorda. Fue la única que la reconoció:
—Vaya, que vino a ver su casita —dijo la mujer, mientras la noche empezaba a caer—. Hoy quemaron a un loco.
—Lo sé, lo fui a ver. Me hizo tanto daño —respondió Lupita.
—¿Acaso lo conocía?
—Demasiado bien —dijo entre un suspiro aliviado.
Exhausta, entró en la casa y descubrió que todo seguía igual. Las fotos familiares, los recuerdos de viajes a la costa, el calor envolvente de tiempos pasados y sobre todo la lámina abollada del cuarto de su abuela, y la cama en la que cayó rendida, finalmente libre del espasmo de su infancia. Mientras se estaba quedando dormida, algo pesado comenzó a correr sobre las láminas del techo. Atemorizada, Lupita se cubrió la cara con las sábanas, incapaz de reunir el valor para mirar.
Al día siguiente, con la luz del amanecer, decidió ir al tanque público a lavarse la cara. Allí, vio una colonia de gatos paseando por el lugar y bebiendo del tanque. La vecina se le acercó y le dijo:
—Vaya, que vino a ver su casita, tengo muchas cosas que decirle. Sus láminas ya están muy viejas, es por los gatos. Pasan por el tejado para venir a tomar agua al tanque.
De pronto, todo cobró sentido. A Lupita nunca se le apareció Güin cuando era niña. Lo que vio fue un gato que transitaba por el tejado para llegar al tanque. Su mente infantil, escuchando las historias de los hombres sobre el Güin, transformó al inocente gato que la vio asustado entre las grietas en el monstruo que la aterrorizó durante los sueños.
Pero lo más cruel fue darse cuenta de que aquel ladrón de gallinas, castigado, pero que quizá no merecía morir, había sido quemado vivo por su culpa. La cicatriz que ella mostró no había sido infligida por él, sino por una historia que, ahora lo entendía, su mente de niña había malinterpretado. Entendió que su abuela estaba muerta, su madre estaba muerta, sencillamente muertas, y que los tres sueños, solo habían sido eso, sueños.
Comprendió, entre su desdicha, que su intuición la había traicionado.
SEGUNDO LUGAR EN CUENTO CORTO, CERTAMEN DE LITERATURA, ARTE Y CULTURA GUATEPAZ 2024.
José J. Guzmán
José J. Guzmán (Quetzaltenango, 1993). Licenciado en Comunicación Social. Más de 10 años de experiencia en medios de comunicación. Tiene un libro de poemas publicados: “La Escena Absoluta” (2012).
OpiniónLiteratura
Más fuertes que los desafíos: cómo convertir obstáculos en oportunidad
Cada desafío vencido se convierte en evidencia de capacidad y en base para enfrentar futuros retos con mayor preparación.
A lo largo de Pausa Estratégica: Evaluando el Camino Recorrido, reconocemos que los desafíos no detienen el propósito, sino que lo fortalecen. Cada obstáculo enfrentado revela la capacidad interna de crecer y perseverar.
Todo proyecto enfrenta desafíos. Lejos de ser señales de fracaso, los obstáculos forman parte natural del proceso de crecimiento y consolidación.
En el entorno empresarial, los desafíos pueden ser operativos, financieros o humanos. La clave no está en evitarlos, sino en desarrollar la capacidad de respuesta. Investigaciones en liderazgo organizacional destacan que los equipos resilientes son aquellos que transforman las dificultades en oportunidades de mejora.
Superar obstáculos implica análisis, toma de decisiones y acción. Herramientas como la gestión de riesgos permiten anticipar posibles problemas y diseñar estrategias para mitigarlos. Sin embargo, también es fundamental la actitud con la que se enfrentan estas situaciones.
La dimensión espiritual aporta fortaleza en medio de la incertidumbre. En Filipenses 4:13 se afirma: “Todo lo puedo en aquel que me fortalece”. Este principio inspira confianza y perseverancia, incluso en momentos complejos.
En la práctica, los equipos que mantienen una visión clara y valores sólidos logran superar barreras con mayor eficacia. La comunicación abierta, el liderazgo consciente y la colaboración son factores determinantes.
Reconocer los obstáculos superados no solo valida el esfuerzo realizado, sino que también fortalece la identidad del equipo. Cada desafío vencido se convierte en evidencia de capacidad y en base para enfrentar futuros retos con mayor preparación.
Edwin Ibarra
Médico Especialista en Cardiología y Ecocardiografía. Coach, conferencista y entrenador certificado por el Programa de John Maxwell, Pastor de la Red de Empresarios y Profesionales de Iglesia Bethania Quetzaltenango. Fundador de los Proyectos “Sanando el Corazón” y “Discipulado Empresarial 20/20”.
OpiniónReflexión
No desestime los esfuerzos
En la vida secular se tiene la tendencia, y es común minimizar esfuerzos, acciones o situaciones en las que, lejos de sentirse ganador, el sentimiento es de pérdida; esto es muy común en el proceso educativo, en el que muchos estudiantes, a pesar de su esfuerzo y trabajo, no logran obtener un punteo que les permita ser reconocidos u optar a un lugar en un cuadro de honor.
Escuché la historia de una corredora que llegó a la meta en el tercer lugar y celebró con mucha más alegría que la que obtuvo el primer lugar; todos se preguntaban, extrañados, el porqué de su actitud. Ella en realidad no celebraba el puesto que había obtenido, sino la mejora en su tiempo, demostrando con ello que, a pesar de que estaba sometida a una competencia, su mayor rival era ella misma, dejándonos una gran lección: no desestimar el esfuerzo y trabajo, que por muy grande o pequeño que este sea, siempre producirá un resultado diferente. Además, resaltar que acciones como la constancia, disciplina, dedicación, tiempo y esfuerzo empleado a nivel personal producirán satisfacción y, en algunas ocasiones, ser colocados en lugares significativos.
La Palabra de Dios en el libro de Gálatas nos anima a no dejar de hacer el bien, ya que, si seguimos haciéndolo, Dios nos premiará a su debido tiempo, enfatizando la importancia de la constancia en nuestras acciones y la necesidad de ser responsables ante Dios de nuestras acciones.
Si es usted una persona cansada de tener actitudes positivas, realizando acciones sin obtener el resultado deseado, lo animo a seguir haciéndolo. En la vida no todo tiene que ver con ganar, sino en superar, alcanzar, lograr o modificar situaciones que, en muchas ocasiones, no tienen que ver con los demás, sino con uno mismo.
“En la vida no siempre se trata de ganar, sino de crecer. Nunca desestime los esfuerzos o esfuerzo empleado para la realización de algo, porque no siempre se tiene la misma meta o los mismos objetivos”.
Silvia Morales Paniagua
Docente de nivel primario y básico con Especialidad en Ciencias Naturales. Licenciada en Administración Educativa y Magíster en Educación Superior.
¿Por qué el ser humano no tiene la primacía?
Muchas de las ideas de este artículo fueron publicadas por la Inteligencia Artificial y, desde luego, son importantes y llenas de contenido, porque invitan a la reflexión.
¿Cómo puede describirse al hombre?
Es un ser humano, animal social, capaz de concebir, transmitir y aprender conceptos abstractos y también concretos. Tiene ciertas características, que se enumeran a continuación:
a. Razonar abstractamente
b. Ejercer la autoconciencia
c. Tener un lenguaje singular, simbólico y articulado
d. Construir una cultura propia
e. Transformar su entorno, haciendo uso de herramientas, instrumentos y conocimientos
Con frecuencia, el hombre se plantea preguntas que le inquietan sobre temas importantes como la vida, la muerte, la existencia, y se da respuestas fundamentadas en la filosofía, la religión, sus creencias y algunas disciplinas. Esto le ha permitido tener una definición de sí mismo.
Diversas ramas de la ciencia le han dado respuestas al hombre. Por ejemplo:
1. La filosofía, que se ha planteado la pregunta: ¿Qué es el hombre? Y algunos filósofos han dado su respuesta:
• En 1759-1805, Friedrich Schiller lo definió como un ser que puede querer y, por lo tanto, resaltó la importancia de las emociones, la voluntad y la subjetividad.
• Benjamín Franklin, hombre científico e importante en la Ilustración de Estados Unidos, hizo estudios de la física y descubrimientos sobre la electricidad, lentes bifocales, la armónica de cristal y la estufa. Fue defensor de la abolición de la esclavitud. Algunas de sus frases célebres ilustran este artículo:
“La tragedia de la vida es que nos hacemos viejos demasiado pronto y sabios demasiado tarde”.
“La vejez es algo que nos trae grandes perjuicios, pero también conlleva aspectos positivos”.
“En este mundo, nada se puede decir que sea cierto, excepto la muerte y los impuestos”.
“Bien hecho es mejor que bien dicho”.
“El genio sin ilustración es como la plata en la mina”, para desarrollar su máximo potencial debe haber recibido educación.
2. La Antropología ha estudiado al ser humano y lo considera un ser social y cultural. No hay que olvidar que, desde tiempos remotos, se organizó en grupos, tribus y sociedades, con mucha capacidad para comunicarse y transmitir sus creencias, normas y valores de una generación a otra, conformando una cultura.
3. Según la biología, el ser humano forma parte del reino animal. Tiene un nombre científico, Homo sapiens, es decir, hombre sabio, aparecido en el Pleistoceno medio. Presenta una diferencia entre hombres y mujeres. Tiene una alimentación omnívora y su esperanza de vida es de 80 años, la cual depende de factores genéticos, sociales y ambientales.
En resumen, el ser humano no tiene primacía absoluta en la creación, porque está limitado por la realidad física objetiva y ética; debe protegerse de la instrumentalización, tal como se considera en los derechos humanos, proclamados el 10 de diciembre de 1948 por la Asamblea General de las Naciones Unidas, en el Palacio de Chaillot en París, Francia, en el documento conocido como Declaración Universal de los Derechos Humanos, adoptado como un ideal en todos los pueblos y naciones.
Laura Ronquillo
Doctora en Salud Mental y Dinámica Humana, con tres maestrías, Licenciada en Pedagogía, Profesora en Enseñanza Media, escritora de temas de educación, salud mental y psicología, y catedrática universitaria.
Construyamos una cultura de misericordia
Vivimos en un mundo sin misericordia. Una muestra de esta realidad es la postura de algunos líderes políticos en el mundo, que se han dedicado a humillar y a burlarse de los más pobres. Son incapaces de caer en la cuenta de que, tarde o temprano, dejarán el poder, y posiblemente la vida les cobre cada una de las acciones que han cometido.
Esta es la razón por la cual en la Iglesia se dedica un día para reflexionar sobre la Divina Misericordia, para recordarle al mundo que “arrieros somos y en el camino andamos”, y que no podemos usar el poder que tengamos para hacer daño. Existe un Dios lleno de misericordia para con nosotros.
El pasado domingo 12 de abril se celebró el llamado “domingo de la Divina Misericordia”, es decir, un tiempo para redescubrir la cercanía y la misericordia de Dios para con nosotros. Nuestros pecados son muchos y graves, a veces; y, sin embargo, Dios siempre tiene misericordia con nosotros y nos demuestra su amor, perdonándonos de todas nuestras hipocresías. Si Dios es misericordioso con nosotros, nosotros debemos serlo con los demás. Decía San Agustín de Hipona: “La tierra está llena de miseria humana, pero rebosante de la misericordia de Dios”.
El salmo 117 nos invita a darle gracias al Señor porque es eterna su misericordia. Y este domingo de Pascua es llamado “domingo de la misericordia”: “Diga la casa de Israel: su misericordia es eterna. Diga la casa de Aarón: su misericordia es eterna. Digan los fieles del Señor: su misericordia es eterna”, (Sal 117). Esta misma idea de misericordia nos recuerda Pedro: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor, Jesucristo, que, por su gran misericordia, nos ha regenerado para una esperanza viva”, (1Pe 1, 3-9).
La Sagrada Escritura está llena de la misericordia de Dios, desde el Génesis hasta el Apocalipsis. Experimentemos también esa misericordia divina en el sacramento de la penitencia, confesándonos con frecuencia. Y, por supuesto, seamos testigos de esa misericordia divina a nuestro alrededor, teniendo misericordia con aquellos que nos han ofendido.
Ahora bien, ¿qué tan misericordioso soy yo con los demás? ¿Soy misericordioso con los demás como yo quiero que sean conmigo? El Dios de Jesucristo ha sido, es y seguirá siendo misericordioso con nosotros. Fue misericordioso con los enfermos, con los niños y con la mujer pecadora que los judíos querían apedrear. Si Jesús es misericordioso con nosotros, nosotros debemos ser misericordiosos con los demás.
Padres, sean misericordiosos con sus hijos. Edúquenlos con disciplina y con amor. Esposos, sean misericordiosos con sus esposas, y esposas con sus esposos. Compañeros de grupo, sean misericordiosos con sus otros compañeros. Vecinos, sean misericordiosos con sus vecinos. Los maestros deben ser misericordiosos con sus alumnos, etc. Una persona va a ser misericordiosa si en su corazón hay paz en su corazón.
Como decía más arriba, el poder embrutece a algunos líderes en el mundo. El poder les hace actuar como tiranos y déspotas. Viven amenazando a medio mundo como si los demás pueblos fueran sus esclavos.
El reto más grande es, creo yo, comenzar a “educar” en la misericordia a los niños en sus hogares. Porque todos hablamos de valores, y en este caso, de misericordia, pero no estamos educados para vivir en paz y en misericordia. Incluso hay que aprender a tener misericordia hasta con nosotros mismos. Una verdadera cultura de misericordia comienza en cada persona y en el corazón de la familia, que es el hogar.
P. Orlando Pérez
Sacerdote católico, Licenciado en Teología, Licenciado en Psicología General, catedrático universitario, con una maestría en Docencia Superior Universitaria.
Búsqueda de una palabra para nombrar una emoción
Aparte de que las emociones crecen con nosotros, algunas se resisten a ser comprendidas. Como si tuvieran un centro inaccesible, una verdad que apenas rozamos.
Dicen que todas las emociones nacen en la infancia. Yo considero que solo algunas; que con la llegada de las experiencias van revelando su verdadero peso, como si el tiempo las hubiese fermentado entre la bulla y el silencio, entre las llegadas y las despedidas.
La experiencia me ha llevado a esta conclusión: en diferentes etapas de la vida, el ser humano experimenta emociones nuevas. No son las mismas, pero al igual que las interiores, algo sucede con ellas, aunque no logro nombrar qué.
Es acá donde lo increíble se asoma, el vocabulario se erosiona y no permite definir ni limitar, de la A a la Z, esa sensación de que las emociones transmutan y adquieren densidad.
En la niñez, las emociones eran dóciles; llamábamos alegría al sonido de la campana del recreo, a la hora del almuerzo, a terminar satisfactoriamente las tareas de la escuela o disfrutar todo un fin de semana. Ahora, esa misma palabra parece haberse multiplicado en diferentes direcciones, como si de pronto se hubiera fisurado y de ella brotaran exacerbaciones.
Aparte de que las emociones crecen con nosotros, algunas se resisten a ser comprendidas. Como si tuvieran un centro inaccesible, una verdad que apenas rozamos con la limitación de nuestro vocabulario: decimos levemente adiós a una despedida que no sabemos si será para siempre, nombramos ternura a una mirada que, en la realidad de las cosas, llegó demasiado tarde, o sonrisa a lo que, en el fondo, oculta una agonía.
El universo es más complejo que las palabras que usa el hombre para definirlo. Es más, puede que no sea definible del todo, tal como las emociones, pero que no sepamos nombrar no anula la existencia de lo que sentimos.
Y quizá por eso, en esa búsqueda de lo innombrable, donde resulta insuficiente el limitado invento llamado alfabeto, el ser humano sigue buscando su singular verdad.
José J. Guzmán
José J. Guzmán (Quetzaltenango, 1993). Licenciado en Comunicación Social. Más de 10 años de experiencia en medios de comunicación. Tiene un libro de poemas publicados: “La Escena Absoluta” (2012).
OpiniónEmociones
Si Jesús no renunció a la cruz, ustedes tampoco
“La mies es mucha y los trabajadores pocos”, (Mt 9, 37-38). La Arquidiócesis de los Altos tiene 38 parroquias y 84 sacerdotes: 43 sacerdotes incardinados y 41 sacerdotes religiosos. Aproximadamente cada parroquia tiene a su cargo 34 mil fieles. No somos ni cien sacerdotes para atender a tanta gente. Y en el Seminario Mayor Nacional de la Asunción hay actualmente 19 seminaristas. Y creo que esta escasez también es visible en las comunidades religiosas.
Esta es la razón por la cual en el Decanato Costa-Mam hemos estado reflexionando sobre ¿cómo podemos motivar las vocaciones? Y llegamos a la conclusión de que es importante, no solo buscar vocaciones en las diferentes parroquias, sino motivar también a los que ya están en el Seminario. Es así como decidimos convocar a los seminaristas de nuestra Arquidiócesis para compartir con ellos algunas horas.
El miércoles de Pascua nos reunimos en la Parroquia de San Juan Ostuncalco, para celebrar la santa Eucaristía con ellos, luego tuvimos un espacio para compartir con los seminaristas; y por último, tuvimos un almuerzo. Cada uno de los padres tuvo la oportunidad de motivar a los jóvenes, desde su experiencia de vida. Fue un encuentro fraterno. Lo hicimos con el afán de motivarlos y que sigan perseverando en su vocación.
El Seminario Mayor Nacional de la Asunción tiene tres etapas: la Etapa del Encuentro o Propedéutico. Luego de varios encuentros vocacionales durante un año, finalmente, los que son aceptados, inician su formación hacia el sacerdocio. La segunda Etapa es llamada: Discipular. Durante esta etapa realizan los tres años de formación filosófica. Esta sede está en Quetzaltenango. Y la tercera Etapa es llamada: Configuración. Durante esta Etapa se estudian cuatro años de Teología. Estamos hablando, mínimo, de 8 años de formación, (Ratio Fundamentalis, 59-73).
La Ratio Fundamentalis (89-124) hace énfasis en las dimensiones de un candidato al sacerdocio. Son esencialmente cuatro dimensiones: dimensión humana, dimensión espiritual, dimensión intelectual o académica y la dimensión pastoral. De estas, creo yo, la más importante y la que marca el rumbo del ministerio sacerdotal es la dimensión humana. Los candidatos al sacerdocio han nacido en contextos no siempre sanos para su personalidad, los cuales influyen en la manera cómo ellos vivirán su ministerio en un futuro. Desde mi experiencia de vida, la dimensión humana es clave para ser feliz en el sacerdocio.
El documento anterior afirma que los agentes de la formación de un seminarista son: el Obispo Diocesano, el presbiterio, el equipo formador, los profesores, la familia, la parroquia y todos aquellos espacios cercanos a los candidatos al sacerdocio, (Ratio Fundamentalis, 125-152). Si cada uno de estos agentes de formación asumiera la responsabilidad de motivar a los jóvenes y a los candidatos al sacerdocio, considero que estaríamos en el camino correcto. Pero esta motivación no siempre es visible por diferentes razones.
Lo cierto es que los sacerdotes del Decanato Costa-Mam tuvimos la oportunidad de compartir con estos jóvenes que están en este proceso de formación. Como dije más arriba, este encuentro nos permitió conocerlos un poquito más, y al mismo tiempo expresarles nuestras palabras de ánimo, para que no se rajen.
En conclusión, estimados seminaristas, que Dios les conceda la gracia de la perseverancia en este camino que les está conduciendo a lo que ustedes quieren: ordenarse sacerdotes. Aprovechen su juventud para formarse bien. Disfruten cada etapa de su formación. Y cuando tengan noches oscuras, no se desanimen, porque esas noches oscuras son parte de la vida. Y si Jesús no se bajó de la cruz, ustedes tampoco. Resuciten la alegría, el compromiso y el coraje para seguir a Jesús hasta el final de sus vidas.
P. Orlando Pérez
Sacerdote católico, Licenciado en Teología, Licenciado en Psicología General, catedrático universitario, con una maestría en Docencia Superior Universitaria.
Escasez de parqueos públicos
En Quetzaltenango, cada vez son menos los parqueos públicos, convirtiéndose en un problema diario para quienes demandan este servicio.
En Quetzaltenango, cada vez son menos los parqueos públicos, convirtiéndose en un problema diario para quienes demandan este servicio.
Todos los días, incluso fines de semana y en horarios nocturnos, conductores que utilizan servicios en esta ciudad, al llegar al Centro Histórico, a los mercados, bancos, hospitales o centros comerciales, en la mayoría de los casos se encuentran que no existe un espacio adecuado para estacionar sus vehículos, además las motos ocupan parqueos para vehículos reduciendo más aun los espacios.
Esta situación provoca la pérdida de tiempo dando vueltas por varias calles y avenidas en busca de un lugar disponible, y adecuado, pero en muchos casos pueden tardar hasta media hora o más en encontrar un parqueo, generando más tráfico, aumenta el consumo de combustible y contribuye a la contaminación ambiental, ya que los vehículos permanecen circulando innecesariamente por el mismo lugar.
Ante la falta de espacios, muchos pilotos se estacionan en lugares prohibidos como banquetas, líneas amarillas, entradas de viviendas o negocios, o esquinas entre otros; y, dificulta el paso de peatones. También es común observar que algunas personas apartan espacios en la vía pública con conos, cubetas, piedras o cualquier otro objeto, como si fueran dueños de un lugar que realmente pertenece a todos incluso llegando al extremo de cobrar por estacionarse frente a un negocio o vivienda.
Esta falta de parqueos públicos no afecta solamente a los conductores o propietarios de vehículos, sino también a los comercios, ya que muchas personas prefieren ya no visitar ciertos lugares porque saben que será difícil encontrar parqueo, lo cual como consecuencia reduce las ventas y afecta la economía local.
Derivado de lo anterior, es importante que las autoridades responsables busquen soluciones reales, a corto y a largo plazo, así como mejorar la regulación del uso de las calles.
Vilma del Rosario Xicará
Con más de 20 años de experiencia en finanzas, auditoría pública, impuestos y rendición de cuentas. Docente universitaria, Contadora Publica y Auditora, y Dra. en Auditoría Gubernamental y Rendición de Cuentas y Transparencia en la función pública.
OpiniónQuetzaltenango
¡Pronto amanecerá!
Sin duda, a las personas que día a día madrugan, les es cotidiano este fenómeno natural; aparece todos los días y más de alguna vez alguien se ha inspirado en la vida, en la esperanza y en un nuevo amanecer. Antes del amanecer, contemplamos el alba, ese preciso instante en que aparece el primer rayo del sol, justo cuando decimos: "Hoy será un nuevo día, hoy las cosas serán diferentes, hoy seré mejor persona que ayer". El alba nos inspira a ser poéticos.
En ese marco de inspiración y de esperanza que nos da el alba, millones de guatemaltecos estamos viendo cómo la oscuridad, la tenebrosidad empieza a disiparse. Los especialistas dicen, psicológicamente la oscuridad genera una profunda sensación de vulnerabilidad, ansiedad e inseguridad; por la falta de visibilidad, de transparencia, percibimos amenazas por doquier.
¡Pronto amanecerá, se está disipando la oscuridad! El 16 de mayo termina el período de trabajo de la señora Consuelo Porras al frente del MP; no lo digo yo, lo dicen y confirman millones de personas a lo largo y ancho del país y más de 40 países, su trabajo ha sido a favor de la corrupción; la buscaron. ¿Quiénes? El pacto de corruptos—y la nombraron precisamente para eso, para proteger a personas físicas y jurídicas que han delinquido por años, se han enriquecido a expensas de la Guatemala profunda. Recuerdo como si fuera ayer la sonrisa burlona de oreja a oreja de Jimmy Morales, cuando le dio “formal” posesión al cargo. Hasta la fecha, cuando le quedan 30 días para finalizar su mandato, ha cumplido al pie de la letra la consigna: proteger a los que nos han robado la paz social.
Pasará a la historia como la persona que jamás cumplió el objetivo fundamental del MP, “garantizar la justicia mediante la investigación de delitos de acción pública y el ejercicio de la acción penal, actuando con autonomía, objetividad e imparcialidad para velar por el estricto cumplimiento de las leyes del país y la protección de las víctimas”. Sin lugar a dudas, en los últimos días que le quedan al frente del MP, no se resolverán estos casos: Adjudicaciones millonarias —más de 2 mil millones de quetzales— a empresas vinculadas a Alejandro Giammattei y su pareja sentimental —Miguel Martínez—; la compra anómala de las vacunas Sputnik —Q 1 mil 200 millones—, para el MP —Curruchiche— no es caso de alto impacto, y la investigación seguirá pero, depende de la información solicitada a EEUU y Rusia y que probablemente podrían responder en una semana o hasta 2030 o 2040 —el chiste se cuenta solo—, ¿pero, eso de depender de EEUU no es injerencia extranjera señor Curruchiche?; caso B410, más de 800 millones de quetzales se evadieron en impuestos y la investigación no avanza, ni avanzará; proyecto de aeródromo de Escuintla, más de 112 millones de quetzales; seguro escolar y lo más reciente, transferencias de 23 millones de quetzales a bancos asiáticos por empresas constructoras que se beneficiaron de contratos del estado. ¡Ay, Dios mío, ya se me terminó el espacio de mi columna de opinión y apenas estoy empezando!
¡Pronto amanecerá, se está disipando la oscuridad! Mañana, se prevé que la postuladora del MP dará a conocer los seis nombres para que el presidente Bernardo Arévalo elija uno para ser el próximo fiscal general y jefe del MP. Estimado lector y millones de personas que hemos sufrido psicológicamente los efectos de la oscuridad, tengamos la certeza de que, en esa lista de seis personas, no estará la señora Consuelo Porras; ella no es apta para el cargo, Guatemala necesita una persona con capacidad y méritos para hacer el bien y que sea honrada.
Arnoldo Soch Tzul
Contador Público y Auditor, asesor financiero y fiscal de pequeñas y microempresas, exalcalde comunitario, auditor social desde hace más de 25 años.
Cuando mentir se convierte en una necesidad
Una característica especial de quienes son mitómanos, es que ellos mismos se creen todas estas mentiras, lo que indica que han perdido cierta conexión con la realidad.
Aunque parezca difícil de creer y muchas personas digan "yo jamás digo mentiras porque no me gustan", no están siendo totalmente honestos consigo mismos, ya que mentir es parte de la naturaleza humana, como un mecanismo para salvarse de una situación, y aunque no está bien mentir, es bastante común en cualquier persona.
Esta costumbre se vuelve complicada cuando es constante, compulsiva, sin beneficio claro y perjudicando a otras personas, a esto se le llama mitomanía o mentira patológica. En este caso, la mitomanía ya no es una mentira ocasional, sino que se convierte en una necesidad recurrente de distorsionar la realidad, incluso cuando no existe una razón evidente para decirlas. Normalmente, se confunde con la envidia porque recurrentemente puede afectar a otras personas.
Los mitómanos suelen construir historias o exageradas o muy alejadas de la realidad, siendo totalmente falsos, comúnmente son sobre su vida, sobre logros o experiencias, o sobre la vida de otras personas que sean un blanco fácil de levantarle falsos para que la persona mitómana quede en una mejor posición que la otra. Una característica especial de quienes son mitómanos, es que ellos mismos se creen todas estas mentiras, lo que indica que han perdido cierta conexión con la realidad.
Las personas que son patológicamente mentirosas tienen en común características de baja autoestima, necesidad de aprobación o de quedar bien y dificultades para enfrentar la realidad. La mitomanía puede estar asociada a otros trastornos de personalidad donde la imagen pública es una razón importante para mentir y construir una imagen falsa pero que públicamente es admirable y aceptable.
Con el tiempo, las personas que le rodean, se darán cuenta de la situación y complicará las relaciones sociales porque generará falta de confianza. Para las personas que viven con un mitómano se vuelve complicado por la confusión y frustración que puede generar desconfianza; e intentar enfrentar esta situación de forma directa puede generar manipulación, negación y distorsión de la situación.
Para abordar este problema, recomiendo un abordaje de acompañamiento psicológico para trabajar en la autoestima, la identidad y la necesidad de validación.
Crysta Nowell
Psicóloga Industrial / Organizacional, Magíster en Gestión del Talento Humano, asesora en procesos de recursos humanos, capacitadora y especialista en reclutamiento y selección de personal.
OpiniónPsicología













.gif)





