Algo pesado corría sobre el techo de la casa (cuento)

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José J. Guzmán 20 Junio 2025 15:21
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Guiada por su intuición, Lupita decidió volver al pueblo donde una vez fue niña. Tenía la corazonada de que para liberarse, ahora de adulta, de la persecución del Güin, debía confrontarlo cara a cara. Resolvió hacerlo porque tres veces un sueño recurrente la atormentó en noches imprevisibles. En ese mundo onírico, revivía la madrugada del velorio de su abuela. Tenía apenas cuatro años y su madre la acostó en la cama de la habitación donde, horas antes, la pariente que ahora le parecía tan lejana había dejado el plano terrenal. A un lado, en la sala, un grupo de señoras rezaban un rosario de cuerpo presente que poco a poco la sumió en un húmedo letargo. Ya estando en el estado de duermevela, entre la vigilia y el sueño, un extraño animal levantó la lámina de zinc del cuarto y la observó con sus ojos enormes.

La intuición no era nada nuevo para ella; era, en realidad, su fiel compañera de vida. Como psicoterapeuta, se había inclinado al estudio de la metafísica como una terapia personal y de autoconocimiento para tratar los dolores emocionales de sus pacientes. Confiaba en su intuición más que en lo aprendido en las aulas, incluso más de lo que había aprendido leyendo a Freud, a Jung y a Adler. Sin necesidad de ver el reloj, su intuición le dictaba la hora exacta del día, sabía de qué iba a tratar esa llamada que entraba entre sesiones, cuál era el diagnóstico de su paciente, cuál su dolor espiritual y cuál el tratamiento, todo sin necesidad de usar el intelecto.

Sí, era apenas una niña cuando el Güin se le apareció. Recordaba ese mes de marzo. Su madre la sacó de la escuela entre llantos, jalandola del brazo y gritando: ≪¡Está muerta, está muerta, tu abuela está muerta!≫. Luego, tenía imágenes del trayecto en el bus de parrilla; de su madre dándole un manojo de flores para que las pusiera en sus rodillas mientras emprendían el viaje a la costa sur de Guatemala. 

Cuando llegaron al pueblo, que sólo visitaban para la noche de Nochevieja, los familiares y conocidos ya estaban reunidos envueltos en el sopor del velorio. Recordaba las calles de tierra, el centro del poblado donde se vendían huevos de iguana, el tanque de agua donde las señoras lavaban, y a su par, la gran casa de madera de su abuela, el cuerpo en el féretro, las enormes velas de muerto que intensificaban los calores nocturnos y humanos, y la gigantesca carpa instalada en la calle donde las sillas se amontonaban, sin ningún orden específico, esperando más dolientes.

Fue también la primera vez que, quizá, su intuición la visitó, porque mientras la oscuridad avanzaba, supo que el velorio no terminaría pronto y que toda esa gente amanecería allí contando anécdotas y chistes sobre la fallecida hasta que fuera hora de irse al camposanto. Fue entonces cuando le dijo a su madre que estaba cansada, y ella la acomodó en la cama donde su abuela había fallecido esa misma mañana de marzo. La niña se quedó medio dormida, protegida por un mosquitero, mientras sudaba la mala hora previa a su desgracia.

Cuando empezó a entrar en el estado de duermevela, sucedió:

Escuchó cómo algo pesado corría, a gran velocidad, sobre el techo de la casa. Era muy rápido, en verdad era veloz y pesado. Al abrir los ojos, descubrió cómo las láminas se doblaban por la gravedad de lo que sucedía arriba. Era un sonido que, supo, no era de este mundo, porque le provocaba una sensación extraña de no pertenecer, por un momento, a la realidad. La presencia de esa cosa era tan fuerte que pensó que caería en la habitación. Pero, al contrario, hubo un silencio pasajero que la estremeció antes de la fatalidad: a los pocos segundos, una mano peluda, de humano pero con garras de perro, levantó la lámina aflojando los clavos de la madera donde se sostenía, y vio a un perro grande, viejo y babeante, mirándola con sus ojos rojos y puntiagudos mientras le ofrecía una sonrisa gigantesca que dejaba ver sus colmillos.

Lupita salió corriendo del cuarto y, al pasar, volcó una candela. Las rezadoras parecían ajenas a lo que había ocurrido hasta cuando ya estaba sucediendo lo fatal. El vestido de encaje que llevaba pronto agarró las llamas, y su cuerpo se vio envuelto en fuego, quemándole la pierna derecha y dejándole una cicatriz para siempre, un morado que creció con ella, hasta ahora, en el año de sus 33 años.

≪¡Me asustó!≫, gritaba entre el fuego. ≪¡Me asustó!, ¡hay un animal en ese cuarto!≫, decía, mientras las rezadoras intentaban quitarle el vestido e iban corriendo por agua al tanque público al lado de la casa.

Si algo recordaba muy bien, ahora que regresaba al pueblo, era la certeza de que una quemadura duele más cuando sucede en la costa. Se había quemado muchas veces en la vida, pero ninguna le dolió tanto como aquella noche y en los días siguientes, durante las novenas, cuando tenía que meter la pierna al tanque para sentir un poco de alivio.

Aún no había amanecido cuando le aplicaron ungüento, y esta vez su madre decidió acompañarla en la cama para que pudiera dormir unos momentos. Sin embargo, no pudo. El ardor era insoportable. Observaba entre las ranuras de las tablas de las paredes de madera a los hombres del velorio, sentados en las sillas, con las camisetas levantadas sobre el ombligo, abanicándose y tomando cerveza. ≪Se le apareció el Güin a la pequeña≫, decía uno.

Y fue esa misma madrugada, en la que la pasó asustada y delirante por el dolor que escuchó la historia entre las conversaciones de los señores, que a cualquiera le hubieran parecido murmullos, a todos, menos a ella:

—El Güin es un hombre malo que tiene la capacidad de convertirse en perro a voluntad. Se sube a los techos de las casas para causar alboroto y se roba a las gallinas.

Escuchó que había que atraparlo y azotarlo para que dejara de hacer alboroto; escuchó, también, que una vez castigado se convertía en hombre y salía huyendo, aunque siempre regresaba por temporadas.

Aquel pasaje de su infancia desapareció en de su vida, hasta cuando, exhausta después de atender a su último paciente un viernes por la noche, regresó a su casa en la ciudad y se quedó profundamente dormida en el sillón mientras veía una película. Ese episodio de sus cuatro años, volvió en sueños por tres veces.

Los ojos estaban presentes, imborrables cada noche en los que el proceso de alienación se instauró en su alma, hasta hacerle perder la virtud de estar en medio de las coordenadas de la tierra. Dejó de atender en el consultorio una semana antes de haber esperando a que llegara la genuina inspiración de la intuición. A que le dictara lo que debía hacer, y de hecho, fue su fe en ella la que le dijo que debía regresar al pueblo donde una vez fue niña, al cual no había vuelto desde hace una década, cuando su madre falleció. Regresaría a la vieja casa de su abuela que recibió como herencia, y dormir en la misma cama, que seguramente permanecía intacta, encapsulando el tiempo de otras eras, para intentar, por fin, quedarse dormida y, en medio del estado de duermevela, volver a tener contacto con él.

Pero, en efecto, ya era otro tiempo y otro pueblo. Las casas de madera y lámina se habían cambiado por casas de block con terraza, y en lugar de tiendas y cantinas alumbradas al anochecer con velas y focos amarillos, ahora había locales de ventas de cosas pirateadas, ropa americana y artículos de plástico que la alejaban del recuerdo nostálgico de su infancia. Pero había algo extraño, demasiado extraño: los locales, aunque abiertos, estaban vacíos. Las calles estaban vacías, y un maldito aroma le recordaba la presencia de la muerte, ese olor que sus pacientes suicidas llevaban cuando ambos sabían que sería la última vez que se verían, y que la terapia no había funcionado, no porque su intuición fallara, sino porque en verdad ya no había nada que hacer.

Recorrió las mismas calles hasta llegar al centro de la ciudad, donde las luces de neón de feria de dos o tres casetas esperaban a sus dueños como si aquello fuera un pueblo fantasma. Tenía sed, pero nadie servía la horchata; tenía calor, y la humedad de las cuatro de la tarde le golpeaba la cara con un tierno beso que la envolvía en el sudor de una aventura que le parecía extraña. ≪Seguiré soñando≫, dijo, pero el golpe de la realidad activó el mecanismo de su consciencia cuando apareció un grupo de niños descalzos saliendo de entre las champas improvisadas del mercado municipal, corriendo y tratando de desenredar una soga. ≪Apresurémonos≫, dijo uno de ellos, y ella corrió tras ellos para preguntarles dónde estaban los demás.

—Es que lo agarraron —dijo otro—, agarraron al ladrón de gallinas.

—Lo quieren amarrar a un poste en el campo de fútbol —gritó a la distancia el más pequeño.

Lupita supo entonces que el encuentro estaba cerca. No se había equivocado: algo estaba ocurriendo en este pueblo, y ella había regresado para rendir cuentas, para saber, por fin, y conocer la forma humana de quien la llamaba en sueños.

Persiguió a los niños hasta llegar al campo de fútbol, y encontró a la multitud en círculo y en el centro reconoció una figura humana demacrada, golpeada, y con la boca empapada en sangre, pidiendo perdón.

El bullicio era ensordecedor, pero se distinguían las constantes palabras ≪ladrón, ladrón, ladrón≫. Mientras Lupita se abría paso entre la multitud, sintió cómo la mirada de alguien conocido se posaba en ella.

Lupita avanzaba entre la muchedumbre con firmeza, sintiendo que cada paso la acercaba no solo a su destino físico, sino a una culminación inevitable. Algo en su interior parecía estar ajustando cuentas, y gracias a sus estudios de metafísica, comprendía que el universo estaba alineándose justo para este momento.

Al llegar al frente de la multitud, lo vio. No hubo dudas en ella. Estaba sentado y hundido en las alucinaciones de sus golpes. Aquellos ojos inyectados en sangre eran los mismos que la miraron cuando era una niña. Lupita se sintió libre, inspirada, completamente humana. Con voz clara y firme, señaló: ≪Él fue... él fue...≫, mientras se bajaba el pantalón beige, mostrando la quemadura que aún marcaba su piel. ≪Hay que prenderle fuego por lo que me hizo≫, sentenció.

La turba, como movida por el instinto primitivo, desechó la idea de amarrarlo a un poste y roció gasolina sobre el hombre. Uno de los ancianos, con su autoridad sobre las cosas del pueblo, fue quien le prendió fuego con un mechero. El ladrón, envuelto en llamas, corrió por todo el campo de fútbol, gritando de dolor, tratando con fuerza humana, pero también sin esperanza, arrancar su carne mientras su cuerpo ardía. Los minutos transcurrieron lentamente, hasta que su figura, envuelta en el umbral entre lo vivo y lo muerto, colapsó en el centro del campo. Lo que quedó de él no era más que un pedazo de carbón. El olor le recordó a Lupita el de su propio vestido quemado tantos años atrás.

La multitud se dispersó sin hacerle preguntas, como si el acto de justicia fuera tan natural que no necesita explicación. Nadie parecía reconocerla, y ella ya no conocía a nadie. Sintiéndose invadida por la nostalgia, decidió regresar a la casa de su abuela.

En una banqueta, una vecina anciana, flaca y encorvada estaba sentada recibiendo el último rayo de sol del día. La última vez que Lupita la vio, era una señora de apenas 50 años muy gorda. Fue la única que la reconoció: 

—Vaya, que vino a ver su casita —dijo la mujer, mientras la noche empezaba a caer—. Hoy quemaron a un loco.

—Lo sé, lo fui a ver. Me hizo tanto daño —respondió Lupita.

—¿Acaso lo conocía?

—Demasiado bien —dijo entre un suspiro aliviado.

Exhausta, entró en la casa y descubrió que todo seguía igual. Las fotos familiares, los recuerdos de viajes a la costa, el calor envolvente de tiempos pasados y sobre todo la lámina abollada del cuarto de su abuela, y la cama en la que cayó rendida, finalmente libre del espasmo de su infancia. Mientras se estaba quedando dormida, algo pesado comenzó a correr sobre las láminas del techo. Atemorizada, Lupita se cubrió la cara con las sábanas, incapaz de reunir el valor para mirar.

Al día siguiente, con la luz del amanecer, decidió ir al tanque público a lavarse la cara. Allí, vio una colonia de gatos paseando por el lugar y bebiendo del tanque. La vecina se le acercó y le dijo:

—Vaya, que vino a ver su casita, tengo muchas cosas que decirle. Sus láminas ya están muy viejas, es por los gatos. Pasan por el tejado para venir a tomar agua al tanque.

De pronto, todo cobró sentido. A Lupita nunca se le apareció Güin cuando era niña. Lo que vio fue un gato que transitaba por el tejado para llegar al tanque. Su mente infantil, escuchando las historias de los hombres sobre el Güin, transformó al inocente gato que la vio asustado entre las grietas en el monstruo que la aterrorizó durante los sueños.

Pero lo más cruel fue darse cuenta de que aquel ladrón de gallinas, castigado, pero que quizá no merecía morir, había sido quemado vivo por su culpa. La cicatriz que ella mostró no había sido infligida por él, sino por una historia que, ahora lo entendía, su mente de niña había malinterpretado. Entendió que su abuela estaba muerta, su madre estaba muerta, sencillamente muertas, y que los tres sueños, solo habían sido eso, sueños.

Comprendió, entre su desdicha, que su intuición la había traicionado.

SEGUNDO LUGAR EN CUENTO CORTO, CERTAMEN DE LITERATURA, ARTE Y CULTURA GUATEPAZ 2024.


 


José J. Guzmán

José J. Guzmán (Quetzaltenango, 1993). Licenciado en Comunicación Social. Más de 10 años de experiencia en medios de comunicación. Tiene un libro de poemas publicados: “La Escena Absoluta” (2012).


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OpiniónLiteratura

Proteger y servir: ¿lema o contradicción?

No basta con condenar los hechos ni con prometer investigaciones. Se necesitan resultados, transparencia y sanciones cuando corresponda.

César Pérez Méndez 21 Octubre 2026 17:08
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La ironía es indignante: la institución cuya misión es proteger y servir termina bajo sospecha de vulnerar los derechos de ciudadanos a quienes debía garantizar seguridad. ¿De qué sirve un lema cuando las actuaciones de quienes deben honrarlo ponen en duda la confianza pública?

Cómo sabemos todos, los hermanos Rigoberto Choc Toz, de 30 años, y Daniel Zaqueo Choc Toz, de 18, fueron capturados tras el asesinato del abogado Juan Francisco Solórzano Foppa y Gustavo Adolfo Aguilar Gamarro. Sin embargo, el Juzgado de Turno decretó falta de mérito a su favor y ordenó su libertad inmediata. También el Ministerio Público solicitó esa resolución ante las dudas surgidas durante el procedimiento policial.

Los señalamientos sobre la implantación de un arma, que actualmente se investigan, son gravísimos. Al comprobarse que agentes alteraron evidencias para incriminar a personas inocentes, no estaríamos ante un simple error, sino frente a una conducta que traiciona la función pública y atenta contra la justicia.

Por eso, los siete policías señalados deben ser investigados con rigor e imparcialidad. Si existen elementos suficientes, corresponde separarlos preventivamente de sus funciones conforme a la ley, establecer responsabilidades y examinar la actuación de sus mandos inmediatos y superiores. La jerarquía no puede convertirse en refugio ni la impunidad en costumbre.

La muerte de Solórzano Foppa y Aguilar Gamarro es una tragedia que exige esclarecer quiénes los mataron y por qué. Pero también ha expuesto una herida institucional que no podemos ignorar: cuando quienes deben investigar la verdad la manipulan, el Estado pierde credibilidad y la ciudadanía queda desprotegida.

No basta con condenar los hechos ni con prometer investigaciones. Se necesitan resultados, transparencia y sanciones cuando corresponda.

Una sociedad no se salva ocultando sus heridas, sino teniendo el valor de limpiarlas, corregirlas y exigir justicia, sin excepciones ni privilegios.


César Pérez Méndez

Licenciado en Ciencias de la Comunicación (Usac), con tres maestrías en diferentes campos y Doctor en Investigación en Educación (Usac). CEO de La Voz de Xela, profesor universitario y conferencista.


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OpiniónGuatemala

Foppa, un legado más allá de las palabras

Recuerdo su sencillez, escuchaba las opiniones de todos, compartía sus conocimientos sin reservas ni envidias.

Vilma del Rosario Xicará 21 Octubre 2026 10:00
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Con respeto y pesar escribo en memoria del licenciado Francisco Solórzano Foppa, mucho se dice sobre su trayectoria y lucha contra la corrupción en Guatemala. Más allá de las diferencias de pensamiento, ninguna vida debería terminar por decisión de otros, hoy quiero recordar una faceta que conocimos quienes tuvimos la oportunidad de coincidir con él en el ámbito profesional.

Lo conocí hace varios años, durante unas jornadas de capacitación de legislación contra la corrupción dirigidas a funcionarios públicos; posteriormente, coincidimos nuevamente en equipos interinstitucionales, coordinando algunas acciones junto a otros profesionales y amigos en común.

De aquellas experiencias recuerdo su capacidad para aplicar el método científico en la investigación de casos complejos, tenía una manera particular de orientar y enseñar ello a los equipos en la formulación de hipótesis, objetivos, identificar problemas y soportar los medios de prueba, análisis de información y construcción de expedientes debidamente sustentados. Sabía integrar distintas disciplinas para encontrar respuestas donde inicialmente solo parecían piezas dispersas de un rompecabezas.

Fueron jornadas de trabajo que llegaron a extenderse hasta dieciocho horas al día, en las que su expresión “vamos a encontrar la solución” mantenía el ánimo del equipo. Tenía convicción de que las instituciones funcionaban si eran dirigidas por personas con voluntad de hacerlo bien.

Recuerdo su sencillez, escuchaba las opiniones de todos, compartía sus conocimientos sin reservas ni envidias y comprendía que cada profesional tenía algo valioso que aportar. Esa forma de trabajar permaneció incluso cuando asumió como funcionario en la SAT.

Guatemala pierde a una persona cuya experiencia dejó enseñanzas profesionales con quienes alguna vez compartió espacios de trabajo, sobre todo porque podemos honrar su memoria desde nuestras propias responsabilidades, procurando actuar con legalidad y compromiso con las causas justas, el verdadero legado de un profesional también está en los conocimientos que comparte. Mis condolencias a su familia y amigos. Que en paz descanse, licenciado Foppa.


Vilma del Rosario Xicará

Con más de 20 años de experiencia en finanzas, auditoría pública, impuestos y rendición de cuentas. Docente universitaria, Contadora Publica y Auditora, y Dra. en Auditoría Gubernamental y Rendición de Cuentas y Transparencia en la función pública.


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OpiniónJuan Francisco Foppa

Otro año escolar que se va

Silvia Morales Paniagua 19 Octubre 2026 15:00
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Quizá le son familiares las siguientes frases: “Otro año ya se ha ido, cuántas cosas han pasado, algo hemos aprendido, algo hemos olvidado”. Seguramente dirá que es la introducción de una canción muy popular; está en lo correcto, aplica muy bien a la reflexión que quiero realizar.

Estamos en el declive de un ciclo escolar. Muchos han culminado, otros están por terminar; por lo que es conveniente evaluar y enmendar. Es otro año que se va en el que han transcurrido muchas cosas que deben mejorar para ir un paso hacia adelante en términos educativos. Guatemala lo necesita.

No es desconocido para todos que la educación en nuestro país ha ido en declive. La calidad de los estudiantes no es la misma que la de los estudiantes de hace una década, lo que es preocupante. Por supuesto que, desde el ángulo o perspectiva en que se evalúe, las opiniones pueden variar y ser completamente diferentes. Muchos responsabilizarán a los maestros diciendo: “Ya no hay buenos maestros que dominen contenidos, que sean ejemplo para los estudiantes, maestros con temple y carácter”. Otros dirán: “Es responsabilidad de los padres que en muchas ocasiones están ausentes, llevan a sus hijos para que los maestros realicen el trabajo que corresponde hacer en el núcleo familiar, la construcción de valores y la emisión de sanciones para corregir conductas que en muchos casos son el reflejo de lo que se vive en casa”. Alguien más opinará: “Es responsabilidad de la escuela que se torna aburrida, sin motivación alguna; es mucho más atractiva la tecnología que mucho facilita, a un clic resuelve la vida, privilegiado aquel que la sabe manejar porque sin tanto trabajo y esfuerzo todo es resuelto”. No faltará la opinión: “Son los estudiantes faltos de interés, irresponsables, irrespetuosos hacia las autoridades, no digamos a las reglas y normas”.

Sin buscar responsables, lo importante es corregir y aplicar viejas o nuevas estrategias cimentadas en valores para que la calidad educativa se fortalezca, sin olvidar que este trabajo es de todos. Es necesario, preciso e imperante aplicar valores familiares, éticos, morales, religiosos y sociales que se reflejen en acciones, en el papel que nos corresponda, como autoridades, como padres, como maestros, como estudiantes.

“Quizá la cura para una educación decrépita sea ejercitarnos en el temor a Dios”. Recuerde: en la vida todo tiene sentido.


Silvia Morales Paniagua

Docente de nivel primario y básico con Especialidad en Ciencias Naturales. Licenciada en Administración Educativa y Magíster en Educación Superior.


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El autocuidado es prevención

Carol Contreras 19 Octubre 2026 14:00
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Hace poco más de dos años, durante un chequeo de rutina en casa, descubrí unas bolitas en mis senos. Recuerdo que lo primero que sentí fue miedo. Revisé nuevamente y me provocaba un poco de dolor; mi mente comenzó a imaginar muchas cosas, la incertidumbre se apoderó de mí. Ese mismo día llamé a mi ginecólogo y realicé una cita. Después de realizarme los estudios correspondientes, el diagnóstico fue fibroadenomas, pequeños tumores benignos de la mama, bastante comunes en nosotras, las mujeres. Sentí tranquilidad y mis pensamientos negativos se dispersaron de inmediato. Comprendí algo que hoy quiero compartir: no debemos esperar a que algo duela, alarme o inquiete para prestar atención a nuestra salud. Es importante conocer nuestro cuerpo, atender los cambios que presenta y buscar respuestas a tiempo. La detección temprana puede hacer una diferencia importante en el diagnóstico y tratamiento para la salud.

En este Día Mundial de la Lucha contra el Cáncer de Mama, quiero invitarte a realizar una pausa y preguntarte: ¿cuándo fue la última vez que priorizaste tu salud?

Programa tus chequeos, conoce tu cuerpo y consulta con un profesional de la salud ante cualquier cambio.

El autocuidado va más allá del arreglo personal, elegir prendas de vestir o encontrar un momento para descansar; el autocuidado es también tomar la decisión de proteger tu salud, tu bienestar.

Las revisiones recomendadas pueden variar según la edad, antecedentes familiares y factores de riesgo. No esperes a tener miedo para cuidar de ti; tu salud merece estar entre tus prioridades. Si tú estás bien, tu familia también. Recuerda que en los pequeños detalles está el poder de tu imagen.


Carol Contreras

Coach de Imagen


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El derecho a equivocarnos

Algunos tienen consecuencias que debemos asumir. Se trata de tener la honestidad de reconocerlos y, sobre todo, la voluntad de corregirlos.

Luis Felipe Polo 20 Octubre 2026 11:01
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Con los años he aprendido que una de las cosas más difíciles para las personas es reconocer que nos hemos equivocado. No importa cuánto hayamos estudiado, qué responsabilidades tengamos o cuánta experiencia hayamos acumulado. A veces, decir simplemente “me equivoqué” nos cuesta más que el propio error. En mi vida personal y profesional he tomado decisiones que, vistas con el tiempo, seguramente habría hecho de otra manera. También he conocido personas extraordinarias que no tenían dificultad en reconocer sus errores, mientras otras, con mucha preparación y experiencia, encontraban mil razones para justificar los suyos.

Creo que buena parte del problema está en cómo aprendimos a entender los errores. Desde pequeños nos enseñaron que equivocarnos era algo malo, que debíamos tener siempre la respuesta correcta. Y así fuimos creciendo con la idea de que admitir una equivocación podía hacernos perder el respeto de los demás. Pero la vida nos demuestra algo diferente. He visto cómo una disculpa sincera puede recuperar una amistad, cómo reconocer una decisión equivocada puede mejorar el ambiente de trabajo y cómo escuchar una opinión distinta puede ayudarnos a encontrar soluciones que antes no habíamos considerado.

No se trata de justificar nuestros errores ni de restarles importancia. Algunos tienen consecuencias que debemos asumir. Se trata de tener la honestidad de reconocerlos y, sobre todo, la voluntad de corregirlos. Quizás deberíamos enseñar más a nuestros hijos y a quienes nos rodean que equivocarse no es el fin de nada, y que pedir disculpas, cambiar de opinión o comenzar de nuevo también son formas de crecer. Después de todo, nadie tiene todas las respuestas. Tengamos siempre presente que, si algo también nos enseña la vida, es que nunca dejamos de aprender, especialmente de aquello que no hicimos bien.


 


Luis Felipe Polo


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OpiniónReflexión

El uso ético de la inteligencia artificial

La tecnología debe estar al servicio de las personas, no convertirse en una herramienta para perjudicarlas.

Edwin Ibarra 20 Octubre 2026 10:48
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La inteligencia artificial puede ayudarnos a trabajar más rápido, analizar información y encontrar soluciones. Sin embargo, cuanto mayor es su capacidad, mayor debe ser nuestra responsabilidad al utilizarla. Para empresarios y profesionales, la pregunta no debería ser solamente ¿qué puede hacer la IA por mi empresa?, sino también ¿qué debería permitirle hacer?

El primer principio es no causar daño. No debemos utilizar la IA para engañar clientes, manipular información, discriminar personas, fabricar noticias falsas o vulnerar la privacidad. La tecnología debe estar al servicio de las personas, no convertirse en una herramienta para perjudicarlas.

Proverbios 11:3 enseña: “La integridad de los rectos los encaminará”. La honestidad debe mantenerse incluso cuando una herramienta tecnológica nos permita actuar rápidamente o permanecer en el anonimato.

El segundo principio es verificar antes de confiar. Una respuesta generada por IA puede contener errores. Por eso, quien firma, publica o toma una decisión sigue siendo responsable de revisar la información.

La Biblia nos recuerda: “El simple todo lo cree; mas el avisado mira bien sus pasos” (Proverbios 14:15).

Finalmente, debemos preguntarnos si nuestro uso de la IA beneficia realmente a las personas. “Y como queréis que hagan los hombres con vosotros, así también haced vosotros con ellos”(Lucas 6:31).

La inteligencia artificial puede aumentar nuestra productividad, pero la ética debe dirigir su poder. Usarla bien no significa aprovechar todo lo que puede hacer, sino utilizarla para hacer lo correcto.


Edwin Ibarra

Médico Especialista en Cardiología y Ecocardiografía. Coach, conferencista y entrenador certificado por el Programa de John Maxwell, Pastor de la Red de Empresarios y Profesionales de Iglesia Bethania Quetzaltenango. Fundador de los Proyectos “Sanando el Corazón” y “Discipulado Empresarial 20/20”.


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OpiniónInteligencia Artificial

A una fiesta se asiste con traje de fiesta

P. Orlando Pérez 17 Octubre 2026 07:00
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El profeta Isaías habla de que el Señor, en aquel día, preparará un festín, una fiesta con platillos suculentos para todos los pueblos. Una fiesta en donde habrá vinos exquisitos y manjares. Les quitará el velo que les cubre el rostro para que puedan ver bien. Y ese día se dirá: “Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara”. Y hay que alegrarse por la salvación que nos trae (Is 25, 6-10). Esta fiesta que prepara el Señor es para todos. Todos estamos llamados a la salvación. Dios quiere salvarnos a todos. Pero no nos obliga. Dios da oportunidades para que mejoremos nuestra vida, para hacer esos cambios que haya que hacer, para arrepentirnos, para disciplinar un poco más nuestra vida cristiana. Pero esto ya depende de cada uno. Si alguien no quiere, Dios respeta esa decisión de cada uno. Ojalá estemos dispuestos a hacer cambios integrales en nuestra propia vida para que, cuando el Señor venga, me encuentre listo y yo pueda participar plenamente de la vida eterna.

“Yo sé lo que es vivir en pobreza y también lo que es tener de sobra. Estoy acostumbrado a todo: lo mismo a comer bien que a pasar hambre; lo mismo a la abundancia que a la escasez. Todo lo puedo unido a aquel que me da fuerza”. Sin embargo, agradece el apoyo que le dieron por medio de Epafrodito cuando él estuvo preso, posiblemente en Éfeso. Y le pide a Dios que también satisfaga o cubra las necesidades de la comunidad (Flp 4, 12-14. 19-20). Todo tiene su tiempo. Hay un tiempo en el que uno no tiene casi nada y hay tiempos en los que uno tiene para comprarse al gustito. Y todo esto hay que agradecerle a Dios. Pero ya sea que vivamos en pobreza o en la riqueza, nunca nos olvidemos de los pobres, de los que no tienen nada para vivir.

En Mt 22, 1-14, Jesús cuenta la parábola de un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo. Y mandó a sus criados para que llamaran a los invitados, pero estos no quisieron ir. El rey manda a otros criados para que los inviten, pero uno se fue a su campo, otro a su negocio y los demás insultaron y mataron a los criados. Entonces, el rey se molesta y los manda a matar y a prenderle fuego a la ciudad. Pero como la fiesta ya estaba lista, entonces manda a sus criados para que salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren. Y encontraron a buenos y malos, pero todos fueron invitados.

El único requisito era ir con “traje de fiesta”. Cuando ya todos estaban en la fiesta, el rey se da cuenta de que hay un hombre que no iba vestido con traje de fiesta y da la orden para que lo saquen de la fiesta. Ahora bien, cada uno ha recibido esa invitación para asistir a la boda. Pero para poder participar en este banquete de bodas, se me pide el traje de la justicia, de la fortaleza, de la templanza y de la fortaleza. Se me pide asistir con el traje de la fe, esperanza y caridad. En una palabra, el requisito para poder disfrutar de esta fiesta es llegar con el traje de la conversión de vida.


P. Orlando Pérez

Sacerdote católico, Licenciado en Teología, Licenciado en Psicología General, catedrático universitario, con una maestría en Docencia Superior Universitaria.


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Velocidad de la luz: una constante que determina la realidad (2 de 2)

Y cuanto más aprendo sobre la creación, más consciente soy de que conocer el universo también puede ser una manera de admirar a Dios.

César Pérez Méndez 16 Octubre 2026 11:42
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Cuando observo la luz, veo mucho más que fotones, longitudes de onda y velocidades. Veo una realidad de la que depende nuestra vida, una naturaleza cuyas leyes podemos descubrir, pero que no hemos creado nosotros.

La Biblia comienza con una declaración grandiosa: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Génesis 1:1). Poco después encontramos estas palabras: “Sea la luz” (Génesis 1:3).

No confundo el relato bíblico con una explicación de la física moderna. Lo interpreto desde una perspectiva espiritual: la luz, desde las primeras páginas de la Escritura, representa una expresión del orden y de la obra creadora de Dios.

¿Significa que ya comprendemos todos sus misterios? Por supuesto que no. Cada respuesta científica abre nuevas preguntas. Cada descubrimiento nos permite conocer algo más, pero también nos recuerda cuánto queda por descubrir.

Mi convicción es firme: Dios es el Gran Creador de todo lo que existe y el fundamento del orden del universo.

No necesito enfrentar a Dios con la ciencia para defender mi fe. Tampoco necesito renunciar a la razón para creer. Puedo estudiar, preguntar, contrastar evidencias y reconocer los límites de nuestro conocimiento sin abandonar mi confianza en el Creador.

Quizá nunca lleguemos a comprender todos los secretos del universo. Sin embargo, tenemos la extraordinaria capacidad de investigar, descubrir y maravillarnos. 

Cada vez que pienso en la luz, en sus propiedades y en su papel esencial para la vida, reafirmo una convicción personal: detrás de la inmensidad del universo encuentro razones para creer en una inteligencia creadora superior a nosotros: Dios.

La ciencia me ayuda a comprender la grandeza del universo. Mi fe me lleva a reconocer en esa grandeza la obra de su Creador.

Y cuanto más aprendo sobre la creación, más consciente soy de que conocer el universo también puede ser una manera de admirar a Dios.


César Pérez Méndez

Licenciado en Ciencias de la Comunicación (Usac), con tres maestrías en diferentes campos y Doctor en Investigación en Educación (Usac). CEO de La Voz de Xela, profesor universitario y conferencista.


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OpiniónVelocidad de la Luz

Nuestras calles bañadas de lluvia…

Estos problemas también son responsabilidad de los habitantes, quienes necesitan comprometerse con su territorio.

Claudia Yomara Mazariegos Soto 16 Octubre 2026 11:17
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En las columnas anteriores, se discutió sobre los diferentes problemas que tiene la ciudad, entre los accesos, el crecimiento desmedido, los servicios básicos insuficientes, los problemas de tráfico, la falta de movilidad con calles inaccesibles para transitar y, como si fuera poco, ahora nos encontramos con la lluvia que viene a intensificar los problemas.

Las recientes lluvias han provocado inundaciones, hundimientos y colapsos de drenajes en varios puntos del municipio.

Cuando una ciudad no tiene planes de crecimiento ni un estudio urbanístico, sin ordenamiento territorial, mucho menos un estudio ambiental, se enfrenta a un caos. Como el vivido recientemente, con calles anegadas, tragantes tapados y ríos de tierra y basura.

Las soluciones no están a la vuelta de la esquina, no son mágicas. Se necesita de personas comprometidas con la comunidad que busquen medidas de mitigación para mejorar la calidad de vida, para que las personas vivan con dignidad. Se necesitan autoridades que tengan visión de futuro, que cuenten con especialistas para buscar soluciones, que se comprometan con los ciudadanos.

Estos problemas también son responsabilidad de los habitantes, quienes necesitan comprometerse con su territorio, cambiar los malos hábitos, como tirar basura en la calle, mantener limpio su espacio, ser comprometidos con nosotros mismos; no somos solidarios, no pensamos en los demás, en cómo afecta lo que hacemos o dejamos de hacer.

En un artículo de la CONRED dice: "No es la lluvia, es la basura".

La basura obstruye los sistemas de drenaje, eleva de manera crítica el riesgo de inundaciones durante la época de lluvias y genera graves focos de contaminación e infección en las comunidades.

Hagamos conciencia y exijamos a las autoridades que hagan el trabajo para el que fueron electos y nosotros, los ciudadanos, realicemos el compromiso con nuestro municipio: no tirar basura en la calle.


Claudia Yomara Mazariegos Soto


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OpiniónQuetzaltenango