Algo pesado corría sobre el techo de la casa (cuento)

.

José J. Guzmán 20 Junio 2025 15:21
Comparte

Guiada por su intuición, Lupita decidió volver al pueblo donde una vez fue niña. Tenía la corazonada de que para liberarse, ahora de adulta, de la persecución del Güin, debía confrontarlo cara a cara. Resolvió hacerlo porque tres veces un sueño recurrente la atormentó en noches imprevisibles. En ese mundo onírico, revivía la madrugada del velorio de su abuela. Tenía apenas cuatro años y su madre la acostó en la cama de la habitación donde, horas antes, la pariente que ahora le parecía tan lejana había dejado el plano terrenal. A un lado, en la sala, un grupo de señoras rezaban un rosario de cuerpo presente que poco a poco la sumió en un húmedo letargo. Ya estando en el estado de duermevela, entre la vigilia y el sueño, un extraño animal levantó la lámina de zinc del cuarto y la observó con sus ojos enormes.

La intuición no era nada nuevo para ella; era, en realidad, su fiel compañera de vida. Como psicoterapeuta, se había inclinado al estudio de la metafísica como una terapia personal y de autoconocimiento para tratar los dolores emocionales de sus pacientes. Confiaba en su intuición más que en lo aprendido en las aulas, incluso más de lo que había aprendido leyendo a Freud, a Jung y a Adler. Sin necesidad de ver el reloj, su intuición le dictaba la hora exacta del día, sabía de qué iba a tratar esa llamada que entraba entre sesiones, cuál era el diagnóstico de su paciente, cuál su dolor espiritual y cuál el tratamiento, todo sin necesidad de usar el intelecto.

Sí, era apenas una niña cuando el Güin se le apareció. Recordaba ese mes de marzo. Su madre la sacó de la escuela entre llantos, jalandola del brazo y gritando: ≪¡Está muerta, está muerta, tu abuela está muerta!≫. Luego, tenía imágenes del trayecto en el bus de parrilla; de su madre dándole un manojo de flores para que las pusiera en sus rodillas mientras emprendían el viaje a la costa sur de Guatemala. 

Cuando llegaron al pueblo, que sólo visitaban para la noche de Nochevieja, los familiares y conocidos ya estaban reunidos envueltos en el sopor del velorio. Recordaba las calles de tierra, el centro del poblado donde se vendían huevos de iguana, el tanque de agua donde las señoras lavaban, y a su par, la gran casa de madera de su abuela, el cuerpo en el féretro, las enormes velas de muerto que intensificaban los calores nocturnos y humanos, y la gigantesca carpa instalada en la calle donde las sillas se amontonaban, sin ningún orden específico, esperando más dolientes.

Fue también la primera vez que, quizá, su intuición la visitó, porque mientras la oscuridad avanzaba, supo que el velorio no terminaría pronto y que toda esa gente amanecería allí contando anécdotas y chistes sobre la fallecida hasta que fuera hora de irse al camposanto. Fue entonces cuando le dijo a su madre que estaba cansada, y ella la acomodó en la cama donde su abuela había fallecido esa misma mañana de marzo. La niña se quedó medio dormida, protegida por un mosquitero, mientras sudaba la mala hora previa a su desgracia.

Cuando empezó a entrar en el estado de duermevela, sucedió:

Escuchó cómo algo pesado corría, a gran velocidad, sobre el techo de la casa. Era muy rápido, en verdad era veloz y pesado. Al abrir los ojos, descubrió cómo las láminas se doblaban por la gravedad de lo que sucedía arriba. Era un sonido que, supo, no era de este mundo, porque le provocaba una sensación extraña de no pertenecer, por un momento, a la realidad. La presencia de esa cosa era tan fuerte que pensó que caería en la habitación. Pero, al contrario, hubo un silencio pasajero que la estremeció antes de la fatalidad: a los pocos segundos, una mano peluda, de humano pero con garras de perro, levantó la lámina aflojando los clavos de la madera donde se sostenía, y vio a un perro grande, viejo y babeante, mirándola con sus ojos rojos y puntiagudos mientras le ofrecía una sonrisa gigantesca que dejaba ver sus colmillos.

Lupita salió corriendo del cuarto y, al pasar, volcó una candela. Las rezadoras parecían ajenas a lo que había ocurrido hasta cuando ya estaba sucediendo lo fatal. El vestido de encaje que llevaba pronto agarró las llamas, y su cuerpo se vio envuelto en fuego, quemándole la pierna derecha y dejándole una cicatriz para siempre, un morado que creció con ella, hasta ahora, en el año de sus 33 años.

≪¡Me asustó!≫, gritaba entre el fuego. ≪¡Me asustó!, ¡hay un animal en ese cuarto!≫, decía, mientras las rezadoras intentaban quitarle el vestido e iban corriendo por agua al tanque público al lado de la casa.

Si algo recordaba muy bien, ahora que regresaba al pueblo, era la certeza de que una quemadura duele más cuando sucede en la costa. Se había quemado muchas veces en la vida, pero ninguna le dolió tanto como aquella noche y en los días siguientes, durante las novenas, cuando tenía que meter la pierna al tanque para sentir un poco de alivio.

Aún no había amanecido cuando le aplicaron ungüento, y esta vez su madre decidió acompañarla en la cama para que pudiera dormir unos momentos. Sin embargo, no pudo. El ardor era insoportable. Observaba entre las ranuras de las tablas de las paredes de madera a los hombres del velorio, sentados en las sillas, con las camisetas levantadas sobre el ombligo, abanicándose y tomando cerveza. ≪Se le apareció el Güin a la pequeña≫, decía uno.

Y fue esa misma madrugada, en la que la pasó asustada y delirante por el dolor que escuchó la historia entre las conversaciones de los señores, que a cualquiera le hubieran parecido murmullos, a todos, menos a ella:

—El Güin es un hombre malo que tiene la capacidad de convertirse en perro a voluntad. Se sube a los techos de las casas para causar alboroto y se roba a las gallinas.

Escuchó que había que atraparlo y azotarlo para que dejara de hacer alboroto; escuchó, también, que una vez castigado se convertía en hombre y salía huyendo, aunque siempre regresaba por temporadas.

Aquel pasaje de su infancia desapareció en de su vida, hasta cuando, exhausta después de atender a su último paciente un viernes por la noche, regresó a su casa en la ciudad y se quedó profundamente dormida en el sillón mientras veía una película. Ese episodio de sus cuatro años, volvió en sueños por tres veces.

Los ojos estaban presentes, imborrables cada noche en los que el proceso de alienación se instauró en su alma, hasta hacerle perder la virtud de estar en medio de las coordenadas de la tierra. Dejó de atender en el consultorio una semana antes de haber esperando a que llegara la genuina inspiración de la intuición. A que le dictara lo que debía hacer, y de hecho, fue su fe en ella la que le dijo que debía regresar al pueblo donde una vez fue niña, al cual no había vuelto desde hace una década, cuando su madre falleció. Regresaría a la vieja casa de su abuela que recibió como herencia, y dormir en la misma cama, que seguramente permanecía intacta, encapsulando el tiempo de otras eras, para intentar, por fin, quedarse dormida y, en medio del estado de duermevela, volver a tener contacto con él.

Pero, en efecto, ya era otro tiempo y otro pueblo. Las casas de madera y lámina se habían cambiado por casas de block con terraza, y en lugar de tiendas y cantinas alumbradas al anochecer con velas y focos amarillos, ahora había locales de ventas de cosas pirateadas, ropa americana y artículos de plástico que la alejaban del recuerdo nostálgico de su infancia. Pero había algo extraño, demasiado extraño: los locales, aunque abiertos, estaban vacíos. Las calles estaban vacías, y un maldito aroma le recordaba la presencia de la muerte, ese olor que sus pacientes suicidas llevaban cuando ambos sabían que sería la última vez que se verían, y que la terapia no había funcionado, no porque su intuición fallara, sino porque en verdad ya no había nada que hacer.

Recorrió las mismas calles hasta llegar al centro de la ciudad, donde las luces de neón de feria de dos o tres casetas esperaban a sus dueños como si aquello fuera un pueblo fantasma. Tenía sed, pero nadie servía la horchata; tenía calor, y la humedad de las cuatro de la tarde le golpeaba la cara con un tierno beso que la envolvía en el sudor de una aventura que le parecía extraña. ≪Seguiré soñando≫, dijo, pero el golpe de la realidad activó el mecanismo de su consciencia cuando apareció un grupo de niños descalzos saliendo de entre las champas improvisadas del mercado municipal, corriendo y tratando de desenredar una soga. ≪Apresurémonos≫, dijo uno de ellos, y ella corrió tras ellos para preguntarles dónde estaban los demás.

—Es que lo agarraron —dijo otro—, agarraron al ladrón de gallinas.

—Lo quieren amarrar a un poste en el campo de fútbol —gritó a la distancia el más pequeño.

Lupita supo entonces que el encuentro estaba cerca. No se había equivocado: algo estaba ocurriendo en este pueblo, y ella había regresado para rendir cuentas, para saber, por fin, y conocer la forma humana de quien la llamaba en sueños.

Persiguió a los niños hasta llegar al campo de fútbol, y encontró a la multitud en círculo y en el centro reconoció una figura humana demacrada, golpeada, y con la boca empapada en sangre, pidiendo perdón.

El bullicio era ensordecedor, pero se distinguían las constantes palabras ≪ladrón, ladrón, ladrón≫. Mientras Lupita se abría paso entre la multitud, sintió cómo la mirada de alguien conocido se posaba en ella.

Lupita avanzaba entre la muchedumbre con firmeza, sintiendo que cada paso la acercaba no solo a su destino físico, sino a una culminación inevitable. Algo en su interior parecía estar ajustando cuentas, y gracias a sus estudios de metafísica, comprendía que el universo estaba alineándose justo para este momento.

Al llegar al frente de la multitud, lo vio. No hubo dudas en ella. Estaba sentado y hundido en las alucinaciones de sus golpes. Aquellos ojos inyectados en sangre eran los mismos que la miraron cuando era una niña. Lupita se sintió libre, inspirada, completamente humana. Con voz clara y firme, señaló: ≪Él fue... él fue...≫, mientras se bajaba el pantalón beige, mostrando la quemadura que aún marcaba su piel. ≪Hay que prenderle fuego por lo que me hizo≫, sentenció.

La turba, como movida por el instinto primitivo, desechó la idea de amarrarlo a un poste y roció gasolina sobre el hombre. Uno de los ancianos, con su autoridad sobre las cosas del pueblo, fue quien le prendió fuego con un mechero. El ladrón, envuelto en llamas, corrió por todo el campo de fútbol, gritando de dolor, tratando con fuerza humana, pero también sin esperanza, arrancar su carne mientras su cuerpo ardía. Los minutos transcurrieron lentamente, hasta que su figura, envuelta en el umbral entre lo vivo y lo muerto, colapsó en el centro del campo. Lo que quedó de él no era más que un pedazo de carbón. El olor le recordó a Lupita el de su propio vestido quemado tantos años atrás.

La multitud se dispersó sin hacerle preguntas, como si el acto de justicia fuera tan natural que no necesita explicación. Nadie parecía reconocerla, y ella ya no conocía a nadie. Sintiéndose invadida por la nostalgia, decidió regresar a la casa de su abuela.

En una banqueta, una vecina anciana, flaca y encorvada estaba sentada recibiendo el último rayo de sol del día. La última vez que Lupita la vio, era una señora de apenas 50 años muy gorda. Fue la única que la reconoció: 

—Vaya, que vino a ver su casita —dijo la mujer, mientras la noche empezaba a caer—. Hoy quemaron a un loco.

—Lo sé, lo fui a ver. Me hizo tanto daño —respondió Lupita.

—¿Acaso lo conocía?

—Demasiado bien —dijo entre un suspiro aliviado.

Exhausta, entró en la casa y descubrió que todo seguía igual. Las fotos familiares, los recuerdos de viajes a la costa, el calor envolvente de tiempos pasados y sobre todo la lámina abollada del cuarto de su abuela, y la cama en la que cayó rendida, finalmente libre del espasmo de su infancia. Mientras se estaba quedando dormida, algo pesado comenzó a correr sobre las láminas del techo. Atemorizada, Lupita se cubrió la cara con las sábanas, incapaz de reunir el valor para mirar.

Al día siguiente, con la luz del amanecer, decidió ir al tanque público a lavarse la cara. Allí, vio una colonia de gatos paseando por el lugar y bebiendo del tanque. La vecina se le acercó y le dijo:

—Vaya, que vino a ver su casita, tengo muchas cosas que decirle. Sus láminas ya están muy viejas, es por los gatos. Pasan por el tejado para venir a tomar agua al tanque.

De pronto, todo cobró sentido. A Lupita nunca se le apareció Güin cuando era niña. Lo que vio fue un gato que transitaba por el tejado para llegar al tanque. Su mente infantil, escuchando las historias de los hombres sobre el Güin, transformó al inocente gato que la vio asustado entre las grietas en el monstruo que la aterrorizó durante los sueños.

Pero lo más cruel fue darse cuenta de que aquel ladrón de gallinas, castigado, pero que quizá no merecía morir, había sido quemado vivo por su culpa. La cicatriz que ella mostró no había sido infligida por él, sino por una historia que, ahora lo entendía, su mente de niña había malinterpretado. Entendió que su abuela estaba muerta, su madre estaba muerta, sencillamente muertas, y que los tres sueños, solo habían sido eso, sueños.

Comprendió, entre su desdicha, que su intuición la había traicionado.

SEGUNDO LUGAR EN CUENTO CORTO, CERTAMEN DE LITERATURA, ARTE Y CULTURA GUATEPAZ 2024.


 


José J. Guzmán

José J. Guzmán (Quetzaltenango, 1993). Licenciado en Comunicación Social. Más de 10 años de experiencia en medios de comunicación. Tiene un libro de poemas publicados: “La Escena Absoluta” (2012).


Comparte

OpiniónLiteratura

Un acercamiento a la actitud mental positiva

Laura Ronquillo 23 Julio 2026 08:00
Comparte

¿Qué es la actitud positiva? ¿Cómo se define?

No es otra cosa que ser optimista ante los retos de la vida, tener esperanza e ilusión ante el presente y el futuro, los cuales abarcan la vida entera.

¿Qué debe hacerse ante el conflicto, que es el pan de cada día?

Para comprenderla mejor, se ilustra con algunos ejemplos a seguir ante la dificultad:

a. Reconducir el conflicto.
b. Buscar consensos.
c. Ver el lado positivo de las personas.
d. Evitar la crítica y el chismorreo.
e. Evitar la queja constante.
f. Buscar y aportar soluciones a los problemas.
g. Actuar con resolución y ser creativo.
h. No caer en el desánimo.

Para profundizar más en el tema, se aconseja la práctica del mindfulness, que ayuda a ver con ojos nuevos los conflictos y buscar consensos y soluciones, evitar las críticas y quejas, enfocarse en trabajar con energía, diseñar y desarrollar proyectos, evitar el desánimo y formular y ejecutar planes que ayuden a crecer como personas.

Pero ahora viene la interesante pregunta: ¿Qué es el mindfulness?

No es otra cosa que aprender a ver con buenos ojos las dificultades, haciendo a un lado aquellos hábitos o prácticas que muestran resistencia a los acontecimientos del día a día, hechos que no son de nuestro agrado; pero también es ver cada día de manera diferente.

¿Qué es lo que queremos expresar cuando hablamos de actitud positiva?
Responder con optimismo día a día, con una mirada llena de esperanza y de ilusión, aunque los acontecimientos no sean del 100 % de nuestro agrado. Algunos ejemplos de actitudes positivas pueden ser los siguientes:

a. Reconducir el conflicto.
b. Buscar consensos.
c. Ver el lado bueno de las personas.
d. No ser retorcidos.
e. No buscarle tres pies al gato, como dice el dicho.
f. No criticar ni chismorrear.
g. No quejarse todo el tiempo.
h. Aportar soluciones a los problemas.
i. Ser creativos y resolutivos.
j. Enfocar las energías en el trabajo de cada día.
k. Diseñar, desarrollar y concluir proyectos.
l. Estar activos y no caer en el desánimo.

Para la inteligencia artificial, la actitud positiva consiste en enfrentar el día a día con optimismo, esperanza y una mentalidad constructiva. Lo cual no significa darles la espalda a los problemas, sino buscar soluciones con optimismo, esperanza y una mentalidad constructiva, asumiendo las dificultades y enfocándose en encontrar soluciones.


Laura Ronquillo

Doctora en Salud Mental y Dinámica Humana, con tres maestrías, Licenciada en Pedagogía, Profesora en Enseñanza Media, escritora de temas de educación, salud mental y psicología, y catedrática universitaria.


Comparte



Ejecutivo y Legislativo, corresponsables del alza en el combustible

Arnoldo Soch Tzul 23 Julio 2026 07:00
Comparte

Para países como el nuestro, donde el 100 % de los derivados del petróleo —combustible— que consumimos es importado, siempre vamos a estar sujetos a los precios internacionales y esto se agrava aún más cuando existen conflictos geopolíticos y los importadores deshonestos y corruptos se aprovechan del desastre del Estado —Ejecutivo, Legislativo y Judicial— para seguir engordando sus cuentas bancarias.

Desde mi particular punto de vista, el Ejecutivo y el Legislativo son corresponsables en el alza al combustible, toda vez que no han querido estar del lado del pueblo. Estamos claros: el presidente legalmente no puede intervenir en el precio del combustible, porque la Ley de Comercialización de Hidrocarburos —artículos 1 y 5— se lo prohíbe; sin embargo, tiene al Ministerio de Energía y Minas y la DIACO a su disposición. Desde hace mucho tiempo debió implementar mecanismos de control —contratar más personal técnico y especializado— para realizar una presencia masiva de auditoría que controle el precio, la cantidad y la calidad del producto. Sin embargo, nuestra historia es triste: el MEM solamente cuenta con ocho personas encargadas de supervisar a más de 1 mil 300 gasolineras autorizadas en todo el territorio. Esto es inaudito. La DIACO tiene 250 personas, incluido personal administrativo, pero el campo de competencia de la DIACO es mucho más grande. Entonces, como dijo Cantinflas, ahí está el detalle: los comerciantes de combustible tienen todo a su disposición y nadie los fiscaliza. No había estallado la guerra en el Medio Oriente y ellos ya le habían subido el precio al combustible.

Los diputados están haciendo su mayor esfuerzo para sí mismos; muchos están aprendiendo a fiscalizar para las redes sociales, porque menos lo hacen para la gente de a pie. Muchos hasta se toman la foto y graban videos junto al pilón publicitario, descargando su enojo contra el presidente del Ejecutivo. Diputados —me refiero al 95 %—, no sean hipócritas, porque ustedes han tenido la responsabilidad de mejorar la calidad de vida del guatemalteco y no han asumido ese rol. Les recuerdo que, desde el mes de abril de 2026, está en el Congreso la iniciativa No. 6755, la cual busca reformar los artículos 1, 6, 37 y 40 de la Ley de Comercialización de Hidrocarburos. Las multas de hoy son irrisorias; con la reforma deben pagar hasta 20 millones de quetzales. A decir de uno de los diputados ponentes, esta iniciativa ni siquiera la han agendado para su lectura. Entonces, diputados, ¿a qué están jugando? ¿Será que los intereses de las importadoras —tres importadoras— tienen mayor peso que la calidad de vida de más de 18 millones de guatemaltecos?

Entonces, no castiguen más al pueblo, no den más subsidio. Está comprobado técnica y financieramente que no ayuda para nada. Sí o sí, deben eliminar el Impuesto de Distribución de Petróleo (IDP). Este impuesto representa el 3 o 4 % —4 mil millones de quetzales— del total de ingresos del Estado, mientras que el subsidio pagado en dos meses sumó 2 mil millones de quetzales. En dos meses más se pierde todo lo que se recauda al año en IDP. Diputados, ¿les cuesta entender eso?

Para los que están preocupados por el agujero fiscal que ocasionará la eliminación del IDP, les recuerdo que las grandes corporaciones y/o empresas evaden el 30 % del ISR. ¿Qué hay que hacer entonces? Fácil: que la SAT siga apelando a la IA y seguramente tendremos más dinero en las arcas nacionales. ¿También les cuesta entender eso, diputados?

Como dijo Raúl Velasco: «AÚN HAY MÁS», en mi tintero.


Arnoldo Soch Tzul

Contador Público y Auditor, asesor financiero y fiscal de pequeñas y microempresas, exalcalde comunitario, auditor social desde hace más de 25 años.


Comparte



Sanar las huellas: La autoimagen después del abuso sexual infantil

La historia no termina en la herida; comienza en la capacidad que tenemos para florecer a pesar de ella.

Sara María Mendoza G. 23 Julio 2026 09:05
Comparte

El camino hacia la reconstrucción personal después de experimentar violencia en la infancia es, sin duda, uno de los procesos más delicados y profundos que un ser humano puede vivir. Cuando el abuso sexual ocurre en los primeros años de vida, no solo vulnera el cuerpo y la confianza; también distorsiona de forma drástica la manera en que la persona se ve a sí misma, afectando el núcleo más íntimo de su identidad: la autoestima. Durante la infancia, nuestra autoestima se construye a través del cuidado, la protección y el reflejo del amor que recibimos de nuestro entorno. Cuando ese espacio se rompe, el mensaje que la mente infantil suele asimilar equivocadamente es "yo soy el culpable" o "no valgo lo suficiente para ser protegido".

Para dimensionar el impacto de esta problemática y comprender que no se trata de un dolor aislado, es fundamental mirar la realidad con empatía y sin tabúes:

Según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), se estima que 1 de cada 5 mujeres y 1 de cada 13 hombres declaran haber sufrido abusos sexuales en la infancia (entre los 0 y los 17 años). Investigaciones clínicas revelan que hasta un 70% de las víctimas guardan el secreto durante años o incluso décadas, cargando en soledad con sentimientos de vergüenza, culpa y desvalimiento. Las personas que han vivido abuso sexual infantil tienen hasta 4 veces más probabilidades de experimentar una baja autoestima crónica, cuadros de ansiedad, depresión y dificultades para establecer límites saludables en sus relaciones adultas.

Recuperar el amor propio tras una herida de esta magnitud es un trayecto progresivo, que requiere paciencia, ternura y un ritmo respetuoso. La mente de un niño o niña busca explicaciones lógicas ante el dolor un paso transformador en la vida adulta es comprender que la responsabilidad de un abuso recae al 100% en el agresor, jamás en la víctima.  Muchas veces mantenemos una voz interior rígida o crítica que perpetúa el trato recibido en el pasado. Cambiar el "debería ser más fuerte" por un "estoy haciendo lo mejor que puedo y merezco paz" abre espacio a la sanación. El abuso despoja a la persona del control sobre su propio espacio. Fortalecer la autoestima implica volver a habitar el cuerpo desde la seguridad: aprender a escuchar sus señales, honrar el descanso, decir "no" sin culpa y establecer límites claros en tus relaciones. Volver a tomar las riendas de tus decisiones corporales y emocionales es un acto de amor propio sumamente poderoso. La historia no termina en la herida; comienza en la capacidad que tenemos para florecer a pesar de ella.


 


Sara María Mendoza G.

Experta en sexualidad, derechos sexuales y reproductivos. Médica General, con especialidad en Ginecología y Obstetricia. Tiene una Maestría en Sexualidad Humana.


Comparte

OpiniónAutoestima

Las mentiras que te dejan sin trabajo

Al final, un currículum puede abrir la puerta a una entrevista, pero es la honestidad la que ayuda a mantenerla abierta.

Crysta Nowell 23 Julio 2026 08:59
Comparte

El proceso de reclutamiento y selección de personal es un procedimiento bastante especializado para contratar colaboradores. Aunque no siempre es perfecto, logra detectar muchas mentiras, algo muy común en todas las organizaciones. Una entrevista de trabajo es mucho más que un espacio para responder preguntas; es el inicio de un proceso de análisis de la persona.

Algunos candidatos creen que inventar excusas, exagerar logros, mentir sobre su experiencia, modificar fechas u otras tantas falsedades aumentará las probabilidades de ser contratados. Sin embargo, el proceso está diseñado para detectar dónde se ha mentido, y es muy difícil sostener una mentira. Al final, esto les costará la oportunidad laboral.

Las mentiras más comunes van desde la típica excusa de tener emergencias familiares o personales para justificar un retraso o la ausencia a la primera entrevista, hasta afirmar que dominan un idioma, ajustar las fechas para ocultar períodos sin trabajo, exagerar el manejo de programas requeridos para el puesto, inflar las responsabilidades en el currículum o asegurar que renunciaron voluntariamente cuando, en realidad, fueron despedidos. También están frases como: "aprendo rápido", "me gusta trabajar en equipo", "soy puntual" o "soy responsable", que, a la hora de desempeñar el puesto, muchas veces no se reflejan en la práctica.

Desde la psicología, estas conductas se relacionan con el miedo a ser rechazado, la baja autoestima, la presión social por conseguir empleo o la facilidad para decir mentiras. Desde la perspectiva de los recursos humanos, también es común que las personas oculten problemas ocurridos en trabajos anteriores o exageren la experiencia que realmente poseen. En el ámbito social, específicamente en Guatemala, muchas personas están acostumbradas a decir mentiras para salir de situaciones incómodas.

Los profesionales de recursos humanos realizan entrevistas de forma constante y han desarrollado habilidades para identificar inconsistencias. Además, se apoyan en otras herramientas que les ayudan a detectar cualquier mentira que pueda presentarse durante el proceso. En otros casos, mentir para justificar la inasistencia a citas previamente acordadas es tan frecuente que termina cerrando puertas y perjudicando a quienes verdaderamente han tenido una situación justificada.

La mejor recomendación que podemos dar es ser honestos. Reconocer la verdad y admitir que existen áreas de mejora no es una desventaja. Las empresas valoran cada vez más la buena actitud, la honestidad, la capacidad de aprender y adaptarse, la confiabilidad y las ganas de salir adelante, por encima de cualquier mentira que pueda decirse durante el proceso.

Al final, un currículum puede abrir la puerta a una entrevista, pero es la honestidad la que ayuda a mantenerla abierta. En el mundo laboral, las habilidades se pueden desarrollar, pero la confianza, una vez perdida, es mucho más difícil de recuperar.


Crysta Nowell

Psicóloga Industrial / Organizacional, Magíster en Gestión del Talento Humano, asesora en procesos de recursos humanos, capacitadora y especialista en reclutamiento y selección de personal.


Comparte

OpiniónPsicología

Cuando una oportunidad puede cambiar una vida

Los sueños necesitan preparación, perseverancia, pero también necesitan oportunidades.

César Pérez Méndez 22 Julio 2026 19:05
Comparte

 

Hoy tuve la oportunidad de asistir al lanzamiento de la sexta edición del Festival de Canto Luz de Luna 2026, impulsado por Interplaza Xela y Metroproyectos. Salí con una sensación muy positiva al ver que existen iniciativas que creen en el talento y en los sueños de los jóvenes.

En una época en la que abundan las críticas sobre la falta de oportunidades, resulta alentador encontrar proyectos que no solo hablan de apoyar el talento, sino que abren un escenario real para descubrirlo y desarrollarlo.

Muchos jóvenes poseen una voz extraordinaria, una habilidad artística o un sueño que permanece en silencio porque nunca han encontrado la oportunidad de demostrarlo. Para ellos, este festival puede representar mucho más que un concurso: puede ser el inicio de una historia de éxito.

Ningún artista reconocido comenzó siendo famoso. Todos tuvieron un primer escenario, una primera audiencia y alguien que creyó en ellos. Precisamente eso representa Luz de Luna: una puerta abierta para quienes esperan ese primer "sí" que puede cambiar su vida.

Más allá de los premios, el mayor reconocimiento será la experiencia, la disciplina, la confianza y la visibilidad que obtendrán los participantes. Esas oportunidades suelen tener un valor incalculable.

Como sociedad, necesitamos impulsar más espacios donde el talento tenga cabida. Cuando una empresa decide invertir en cultura, arte y juventud, también está invirtiendo en el futuro de su comunidad.

Ojalá muchos jóvenes del occidente del país se animen a participar. Los sueños necesitan preparación, perseverancia, pero también necesitan oportunidades.


César Pérez Méndez

Licenciado en Ciencias de la Comunicación (Usac), con tres maestrías en diferentes campos y Doctor en Investigación en Educación (Usac). CEO de La Voz de Xela, profesor universitario y conferencista.


Comparte

OpiniónCésar Pérez MéndezFestival de Canto Luz de Luna 2026

La fe: el mejor capital para construir una empresa

Quien aprende a depender de Dios descubre que el mayor éxito no es construir una empresa próspera, sino una vida con propósito y un legado que glorifique su nombre.

Edwin Ibarra 21 Julio 2026 08:50
Comparte

En el mundo de los negocios solemos medir el éxito por las utilidades, el crecimiento o la capacidad de innovar. Sin embargo, existe un activo que no aparece en los estados financieros, pero que sostiene a los líderes en los momentos más difíciles: la fe en Dios.

Todo empresario enfrenta incertidumbre, decisiones complejas y desafíos que ponen a prueba su carácter. En esos momentos, la tentación es confiar únicamente en la experiencia, el conocimiento o los recursos propios. Pero la Palabra de Dios nos recuerda: "Confía en el Señor con todo tu corazón y no te apoyes en tu propia prudencia; reconócelo en todos tus caminos, y Él enderezará tus veredas"(Proverbios 3:5-6).

La verdadera fortaleza de un líder no radica en creer que puede hacerlo todo, sino en reconocer que necesita la dirección de Dios. Cuando Él guía nuestras decisiones, también moldea nuestro carácter para actuar con integridad, justicia y humildad. Así, la empresa deja de ser solo un negocio y se convierte en un instrumento para servir, generar bienestar y honrar al Creador.

El Salmo 127:1 lo expresa con claridad: "Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican". Ningún plan estratégico sustituye la bendición de Dios. Por eso, antes de abrir una puerta, firmar un contrato o iniciar un nuevo proyecto, vale la pena hacer la pregunta más importante: "Señor, ¿es este tu camino?"

Quien aprende a depender de Dios descubre que el mayor éxito no es construir una empresa próspera, sino una vida con propósito y un legado que glorifique su nombre.


Edwin Ibarra

Médico Especialista en Cardiología y Ecocardiografía. Coach, conferencista y entrenador certificado por el Programa de John Maxwell, Pastor de la Red de Empresarios y Profesionales de Iglesia Bethania Quetzaltenango. Fundador de los Proyectos “Sanando el Corazón” y “Discipulado Empresarial 20/20”.


Comparte

OpiniónReflexión

Adiós al Mundial 2026

Silvia Morales Paniagua 20 Julio 2026 16:00
Comparte

Se terminó la alegría del Mundial 2026, una fiesta futbolística programada, tan esperada y deseada a nivel mundial, llena de alegría, algarabía, falta de empatía, colores, sinsabores, sorpresas, pesquisas, emociones, conmociones; la plataforma perfecta en donde vimos desfilar atletas conocidos, con una trayectoria y admirable recorrido, y atletas desconocidos, sepultados en el anonimato, que provocaron un tremendo impacto; jugadas que superaron la expectativa de los espectadores; sanciones erróneas que le dieron un tinte de inconformidad e indignación en más de una ocasión; ingresos exorbitantes por la afluencia de aficionados que no escatimaron recursos ni tiempo para estar presentes; segundos, minutos, días y semanas de euforia, cargados de temas polémicos, motivo de convivencia, unión familiar y desacuerdos para países que no tienen el privilegio de participar en un magno evento de tan alto calibre como el descrito anteriormente. El Mundial se convirtió en el mejor pasatiempo, la razón para sonreír, gritar, discutir y hasta llorar por las diversas opiniones.

Si bien es cierta la frase «mente sana, cuerpo sano», queda a nivel utópico en este Mundial porque muchos jugadores denotaron la falta de autorregulación a nivel de sus emociones, manchando de esta manera su imagen.

Regular lo que sentimos disminuye el desgaste psicológico, mejora la resiliencia, transformando la frustración en acción; eventos como el Mundial deben ser y convertirse en el punto y momento crucial para valorizar y dignificar a la persona humana, no para subestimar sus aptitudes, calidades y habilidades.

El mérito en este Mundial también aplica para esos atletas que, sin levantar una copa, influenciaron la vida de muchos, dejando con su participación una gran lección.

La invitación es imitar lo bueno y desechar lo malo, y recordar que en la vida todo tiene sentido.


Silvia Morales Paniagua

Docente de nivel primario y básico con Especialidad en Ciencias Naturales. Licenciada en Administración Educativa y Magíster en Educación Superior.


Comparte



¿Qué historia cuenta tu nombre?

Carol Contreras 20 Julio 2026 13:00
Comparte

Nuestro nombre es el primer regalo que obtenemos. Para muchos es una tradición familiar heredar el nombre; para otros proviene de un personaje que se admira; en otros casos, simplemente nace de la creatividad, quizá por su significado cultural o porque parecía lindo y poco común. Cada nombre tiene un origen, una historia que escuchamos desde pequeños. Con el paso del tiempo, adquiere un valor significativo; construimos nuestra propia historia y el nombre cobra otro sentido.

Mi nombre inicia con la letra “C”, y la historia que escuché desde niña es que a mi mamá le gustaba Carol, después de conocer a una persona con ese nombre y le pareció bonito; Cecilia, variante femenina, por mi abuelo Cecilio, Q. E. P. D. El objetivo de mis padres era tener cuatro C en mis iniciales. Ya de grande, en alguna tarea de la escuela, busqué el significado en internet, con el cual me sentí muy identificada: Carol, mujer fuerte y valiente, pero también adquiere connotación de alegría, según algunas fuentes.

Tu nombre cuenta una historia; puedes encontrar un significado o simplemente darle un sentido distinto según tus decisiones, valores y la manera en la que estás viviendo. Cuando a veces sentimos que hemos perdido el rumbo y no encontramos la respuesta a la pregunta «¿Quién soy?», te sugiero poner en práctica un ejercicio sencillo, pero muy intencional, para reconectar contigo: crea un acrónimo con tu nombre. Cada letra representa una de tus fortalezas, cualidades o un valor que te representa.

Tu nombre no es solo una palabra que aparece en tus documentos; es la identidad de la persona que eliges construir cada día. Te presentas con tu nombre, te identifican por la persona que proyectas ser. Entonces, ¿qué historia cuenta tu nombre? Recuerda que, en los pequeños detalles, está el poder de tu imagen.


Carol Contreras

Coach de Imagen


Comparte



El problema es la tierra en donde cae la semilla

P. Orlando Pérez 18 Julio 2026 07:00
Comparte

Unos granos cayeron a lo largo del camino; vinieron los pájaros y se los comieron. Esto representa a todo hombre que oye la palabra del reino y no la entiende; le llega el diablo y le arrebata lo sembrado en su corazón.

Otros granos cayeron en terreno pedregoso, que tenía poca tierra; ahí germinaron pronto, porque la tierra no era gruesa; pero cuando subió el sol, los brotes se marchitaron y, como no tenían raíces, se secaron. Representa al que oye la palabra y la acepta inmediatamente con alegría; pero, como es inconstante, no la deja echar raíces, y apenas le viene una tribulación o una persecución por causa de la palabra, sucumbe.

Otros granos cayeron entre espinos, y cuando los espinos crecieron, sofocaron las plantitas. Representa a aquel que oye la palabra, pero las preocupaciones de la vida y la seducción de las riquezas la sofocan y queda sin fruto.

Otros granos cayeron en tierra buena y dieron fruto: unos, ciento por uno; otros, sesenta; y otros, treinta. Representa a quienes oyen la palabra, la entienden y dan fruto; unos, el ciento por uno; otros, el sesenta; y otros, el treinta (Mt 13, 1-23).

El sembrador no es el problema, tampoco lo es la semilla. El problema siempre es la tierra. La tierra en donde cae la semilla no siempre está en buenas condiciones para que la semilla germine.

La tarea del ser humano en este mundo es siempre la de sembrar la semilla del perdón, el servicio, la reconciliación, la paz y la serenidad para actuar. No se sabe cuánto tiempo viviremos en este mundo. Lo cierto es que Dios nos da los talentos necesarios para poder salir a sembrar la semilla de los valores. Lamentablemente, no todos aceptamos este reto. Hay quienes se dedican a sembrar odio, rencor y resentimiento. Y esto no está bien, puesto que sufriremos las consecuencias en nuestra propia vida.

Lo que nos quiere decir Jesús con estos cuatro tipos de semilla es que el Evangelio ha sido, es y seguirá siendo sembrado en el corazón de cada persona. Los frutos, la eficacia de esta palabra de Dios en nuestra vida, van a depender de la respuesta libre que cada uno dé. El sembrador sale a sembrar en las familias, en los grupos, en el trabajo y en muchos otros espacios de la sociedad, y espera que esa semilla dé frutos. Frutos expresados a través de la coherencia y del testimonio de vida.

Dios siembra la semilla, pero nosotros somos libres de responderle o no. Unos han respondido con responsabilidad; otros han preferido continuar su vida según los criterios mundanos. Al final, cada uno elige lo que quiere mientras viva en esta tierra.

La buena tierra es nuestro corazón. Lo que tenemos que hacer para que la semilla del reino germine y dé buenos frutos es comenzar a hacer una buena limpieza interna. Si el interior no se limpia, difícilmente daremos buenos frutos a nivel personal, en las familias y en cualquier espacio de la sociedad.

No olvide que nuestra estancia en este mundo es por tiempo limitado. Así que aproveche el tiempo que tiene para sembrar valores. Ese es el mejor legado que puede dejar en la memoria de su gente.


P. Orlando Pérez

Sacerdote católico, Licenciado en Teología, Licenciado en Psicología General, catedrático universitario, con una maestría en Docencia Superior Universitaria.


Comparte