Algo pesado corría sobre el techo de la casa (cuento)
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Guiada por su intuición, Lupita decidió volver al pueblo donde una vez fue niña. Tenía la corazonada de que para liberarse, ahora de adulta, de la persecución del Güin, debía confrontarlo cara a cara. Resolvió hacerlo porque tres veces un sueño recurrente la atormentó en noches imprevisibles. En ese mundo onírico, revivía la madrugada del velorio de su abuela. Tenía apenas cuatro años y su madre la acostó en la cama de la habitación donde, horas antes, la pariente que ahora le parecía tan lejana había dejado el plano terrenal. A un lado, en la sala, un grupo de señoras rezaban un rosario de cuerpo presente que poco a poco la sumió en un húmedo letargo. Ya estando en el estado de duermevela, entre la vigilia y el sueño, un extraño animal levantó la lámina de zinc del cuarto y la observó con sus ojos enormes.
La intuición no era nada nuevo para ella; era, en realidad, su fiel compañera de vida. Como psicoterapeuta, se había inclinado al estudio de la metafísica como una terapia personal y de autoconocimiento para tratar los dolores emocionales de sus pacientes. Confiaba en su intuición más que en lo aprendido en las aulas, incluso más de lo que había aprendido leyendo a Freud, a Jung y a Adler. Sin necesidad de ver el reloj, su intuición le dictaba la hora exacta del día, sabía de qué iba a tratar esa llamada que entraba entre sesiones, cuál era el diagnóstico de su paciente, cuál su dolor espiritual y cuál el tratamiento, todo sin necesidad de usar el intelecto.
Sí, era apenas una niña cuando el Güin se le apareció. Recordaba ese mes de marzo. Su madre la sacó de la escuela entre llantos, jalandola del brazo y gritando: ≪¡Está muerta, está muerta, tu abuela está muerta!≫. Luego, tenía imágenes del trayecto en el bus de parrilla; de su madre dándole un manojo de flores para que las pusiera en sus rodillas mientras emprendían el viaje a la costa sur de Guatemala.
Cuando llegaron al pueblo, que sólo visitaban para la noche de Nochevieja, los familiares y conocidos ya estaban reunidos envueltos en el sopor del velorio. Recordaba las calles de tierra, el centro del poblado donde se vendían huevos de iguana, el tanque de agua donde las señoras lavaban, y a su par, la gran casa de madera de su abuela, el cuerpo en el féretro, las enormes velas de muerto que intensificaban los calores nocturnos y humanos, y la gigantesca carpa instalada en la calle donde las sillas se amontonaban, sin ningún orden específico, esperando más dolientes.
Fue también la primera vez que, quizá, su intuición la visitó, porque mientras la oscuridad avanzaba, supo que el velorio no terminaría pronto y que toda esa gente amanecería allí contando anécdotas y chistes sobre la fallecida hasta que fuera hora de irse al camposanto. Fue entonces cuando le dijo a su madre que estaba cansada, y ella la acomodó en la cama donde su abuela había fallecido esa misma mañana de marzo. La niña se quedó medio dormida, protegida por un mosquitero, mientras sudaba la mala hora previa a su desgracia.
Cuando empezó a entrar en el estado de duermevela, sucedió:
Escuchó cómo algo pesado corría, a gran velocidad, sobre el techo de la casa. Era muy rápido, en verdad era veloz y pesado. Al abrir los ojos, descubrió cómo las láminas se doblaban por la gravedad de lo que sucedía arriba. Era un sonido que, supo, no era de este mundo, porque le provocaba una sensación extraña de no pertenecer, por un momento, a la realidad. La presencia de esa cosa era tan fuerte que pensó que caería en la habitación. Pero, al contrario, hubo un silencio pasajero que la estremeció antes de la fatalidad: a los pocos segundos, una mano peluda, de humano pero con garras de perro, levantó la lámina aflojando los clavos de la madera donde se sostenía, y vio a un perro grande, viejo y babeante, mirándola con sus ojos rojos y puntiagudos mientras le ofrecía una sonrisa gigantesca que dejaba ver sus colmillos.
Lupita salió corriendo del cuarto y, al pasar, volcó una candela. Las rezadoras parecían ajenas a lo que había ocurrido hasta cuando ya estaba sucediendo lo fatal. El vestido de encaje que llevaba pronto agarró las llamas, y su cuerpo se vio envuelto en fuego, quemándole la pierna derecha y dejándole una cicatriz para siempre, un morado que creció con ella, hasta ahora, en el año de sus 33 años.
≪¡Me asustó!≫, gritaba entre el fuego. ≪¡Me asustó!, ¡hay un animal en ese cuarto!≫, decía, mientras las rezadoras intentaban quitarle el vestido e iban corriendo por agua al tanque público al lado de la casa.
Si algo recordaba muy bien, ahora que regresaba al pueblo, era la certeza de que una quemadura duele más cuando sucede en la costa. Se había quemado muchas veces en la vida, pero ninguna le dolió tanto como aquella noche y en los días siguientes, durante las novenas, cuando tenía que meter la pierna al tanque para sentir un poco de alivio.
Aún no había amanecido cuando le aplicaron ungüento, y esta vez su madre decidió acompañarla en la cama para que pudiera dormir unos momentos. Sin embargo, no pudo. El ardor era insoportable. Observaba entre las ranuras de las tablas de las paredes de madera a los hombres del velorio, sentados en las sillas, con las camisetas levantadas sobre el ombligo, abanicándose y tomando cerveza. ≪Se le apareció el Güin a la pequeña≫, decía uno.
Y fue esa misma madrugada, en la que la pasó asustada y delirante por el dolor que escuchó la historia entre las conversaciones de los señores, que a cualquiera le hubieran parecido murmullos, a todos, menos a ella:
—El Güin es un hombre malo que tiene la capacidad de convertirse en perro a voluntad. Se sube a los techos de las casas para causar alboroto y se roba a las gallinas.
Escuchó que había que atraparlo y azotarlo para que dejara de hacer alboroto; escuchó, también, que una vez castigado se convertía en hombre y salía huyendo, aunque siempre regresaba por temporadas.
Aquel pasaje de su infancia desapareció en de su vida, hasta cuando, exhausta después de atender a su último paciente un viernes por la noche, regresó a su casa en la ciudad y se quedó profundamente dormida en el sillón mientras veía una película. Ese episodio de sus cuatro años, volvió en sueños por tres veces.
Los ojos estaban presentes, imborrables cada noche en los que el proceso de alienación se instauró en su alma, hasta hacerle perder la virtud de estar en medio de las coordenadas de la tierra. Dejó de atender en el consultorio una semana antes de haber esperando a que llegara la genuina inspiración de la intuición. A que le dictara lo que debía hacer, y de hecho, fue su fe en ella la que le dijo que debía regresar al pueblo donde una vez fue niña, al cual no había vuelto desde hace una década, cuando su madre falleció. Regresaría a la vieja casa de su abuela que recibió como herencia, y dormir en la misma cama, que seguramente permanecía intacta, encapsulando el tiempo de otras eras, para intentar, por fin, quedarse dormida y, en medio del estado de duermevela, volver a tener contacto con él.
Pero, en efecto, ya era otro tiempo y otro pueblo. Las casas de madera y lámina se habían cambiado por casas de block con terraza, y en lugar de tiendas y cantinas alumbradas al anochecer con velas y focos amarillos, ahora había locales de ventas de cosas pirateadas, ropa americana y artículos de plástico que la alejaban del recuerdo nostálgico de su infancia. Pero había algo extraño, demasiado extraño: los locales, aunque abiertos, estaban vacíos. Las calles estaban vacías, y un maldito aroma le recordaba la presencia de la muerte, ese olor que sus pacientes suicidas llevaban cuando ambos sabían que sería la última vez que se verían, y que la terapia no había funcionado, no porque su intuición fallara, sino porque en verdad ya no había nada que hacer.
Recorrió las mismas calles hasta llegar al centro de la ciudad, donde las luces de neón de feria de dos o tres casetas esperaban a sus dueños como si aquello fuera un pueblo fantasma. Tenía sed, pero nadie servía la horchata; tenía calor, y la humedad de las cuatro de la tarde le golpeaba la cara con un tierno beso que la envolvía en el sudor de una aventura que le parecía extraña. ≪Seguiré soñando≫, dijo, pero el golpe de la realidad activó el mecanismo de su consciencia cuando apareció un grupo de niños descalzos saliendo de entre las champas improvisadas del mercado municipal, corriendo y tratando de desenredar una soga. ≪Apresurémonos≫, dijo uno de ellos, y ella corrió tras ellos para preguntarles dónde estaban los demás.
—Es que lo agarraron —dijo otro—, agarraron al ladrón de gallinas.
—Lo quieren amarrar a un poste en el campo de fútbol —gritó a la distancia el más pequeño.
Lupita supo entonces que el encuentro estaba cerca. No se había equivocado: algo estaba ocurriendo en este pueblo, y ella había regresado para rendir cuentas, para saber, por fin, y conocer la forma humana de quien la llamaba en sueños.
Persiguió a los niños hasta llegar al campo de fútbol, y encontró a la multitud en círculo y en el centro reconoció una figura humana demacrada, golpeada, y con la boca empapada en sangre, pidiendo perdón.
El bullicio era ensordecedor, pero se distinguían las constantes palabras ≪ladrón, ladrón, ladrón≫. Mientras Lupita se abría paso entre la multitud, sintió cómo la mirada de alguien conocido se posaba en ella.
Lupita avanzaba entre la muchedumbre con firmeza, sintiendo que cada paso la acercaba no solo a su destino físico, sino a una culminación inevitable. Algo en su interior parecía estar ajustando cuentas, y gracias a sus estudios de metafísica, comprendía que el universo estaba alineándose justo para este momento.
Al llegar al frente de la multitud, lo vio. No hubo dudas en ella. Estaba sentado y hundido en las alucinaciones de sus golpes. Aquellos ojos inyectados en sangre eran los mismos que la miraron cuando era una niña. Lupita se sintió libre, inspirada, completamente humana. Con voz clara y firme, señaló: ≪Él fue... él fue...≫, mientras se bajaba el pantalón beige, mostrando la quemadura que aún marcaba su piel. ≪Hay que prenderle fuego por lo que me hizo≫, sentenció.
La turba, como movida por el instinto primitivo, desechó la idea de amarrarlo a un poste y roció gasolina sobre el hombre. Uno de los ancianos, con su autoridad sobre las cosas del pueblo, fue quien le prendió fuego con un mechero. El ladrón, envuelto en llamas, corrió por todo el campo de fútbol, gritando de dolor, tratando con fuerza humana, pero también sin esperanza, arrancar su carne mientras su cuerpo ardía. Los minutos transcurrieron lentamente, hasta que su figura, envuelta en el umbral entre lo vivo y lo muerto, colapsó en el centro del campo. Lo que quedó de él no era más que un pedazo de carbón. El olor le recordó a Lupita el de su propio vestido quemado tantos años atrás.
La multitud se dispersó sin hacerle preguntas, como si el acto de justicia fuera tan natural que no necesita explicación. Nadie parecía reconocerla, y ella ya no conocía a nadie. Sintiéndose invadida por la nostalgia, decidió regresar a la casa de su abuela.
En una banqueta, una vecina anciana, flaca y encorvada estaba sentada recibiendo el último rayo de sol del día. La última vez que Lupita la vio, era una señora de apenas 50 años muy gorda. Fue la única que la reconoció:
—Vaya, que vino a ver su casita —dijo la mujer, mientras la noche empezaba a caer—. Hoy quemaron a un loco.
—Lo sé, lo fui a ver. Me hizo tanto daño —respondió Lupita.
—¿Acaso lo conocía?
—Demasiado bien —dijo entre un suspiro aliviado.
Exhausta, entró en la casa y descubrió que todo seguía igual. Las fotos familiares, los recuerdos de viajes a la costa, el calor envolvente de tiempos pasados y sobre todo la lámina abollada del cuarto de su abuela, y la cama en la que cayó rendida, finalmente libre del espasmo de su infancia. Mientras se estaba quedando dormida, algo pesado comenzó a correr sobre las láminas del techo. Atemorizada, Lupita se cubrió la cara con las sábanas, incapaz de reunir el valor para mirar.
Al día siguiente, con la luz del amanecer, decidió ir al tanque público a lavarse la cara. Allí, vio una colonia de gatos paseando por el lugar y bebiendo del tanque. La vecina se le acercó y le dijo:
—Vaya, que vino a ver su casita, tengo muchas cosas que decirle. Sus láminas ya están muy viejas, es por los gatos. Pasan por el tejado para venir a tomar agua al tanque.
De pronto, todo cobró sentido. A Lupita nunca se le apareció Güin cuando era niña. Lo que vio fue un gato que transitaba por el tejado para llegar al tanque. Su mente infantil, escuchando las historias de los hombres sobre el Güin, transformó al inocente gato que la vio asustado entre las grietas en el monstruo que la aterrorizó durante los sueños.
Pero lo más cruel fue darse cuenta de que aquel ladrón de gallinas, castigado, pero que quizá no merecía morir, había sido quemado vivo por su culpa. La cicatriz que ella mostró no había sido infligida por él, sino por una historia que, ahora lo entendía, su mente de niña había malinterpretado. Entendió que su abuela estaba muerta, su madre estaba muerta, sencillamente muertas, y que los tres sueños, solo habían sido eso, sueños.
Comprendió, entre su desdicha, que su intuición la había traicionado.
SEGUNDO LUGAR EN CUENTO CORTO, CERTAMEN DE LITERATURA, ARTE Y CULTURA GUATEPAZ 2024.
José J. Guzmán
José J. Guzmán (Quetzaltenango, 1993). Licenciado en Comunicación Social. Más de 10 años de experiencia en medios de comunicación. Tiene un libro de poemas publicados: “La Escena Absoluta” (2012).
OpiniónLiteratura
Nuevamente en la mesa, reforma constitucional. Parte II
Es imperativo seguir analizando esta importante y trascendental acción, toda vez que daría un giro de 180 grados al problema que está ocasionando un daño a la democracia de nuestro país. Estimado lector, antes de avanzar en el tema, corrijo y ofrezco disculpas a la memoria del Sr. Rodrigo Asturias —EPD— por escribir su apellido en mi columna de opinión publicada la semana pasada; en lugar de escribir Arenas, puse el suyo. Aclarado el desliz, le invito a seguir la lectura de mi aporte relacionado con la reforma constitucional planteada por la asociación civil PODER CIUDADANO.
Por supuesto, para los que están acomodados en el status quo, esto les ha caído como un balde de agua fría, y vociferan que no es posible, no es recomendable hacerle cambios a la «máxima ley del país», porque es una de las mejores del mundo, o: «¿Cómo es posible que se reforme la CPRG para que esté al servicio del comunismo o progresismo?». Cosas así y otras mucho más ridículas ponen al descubierto su preocupación e hipocresía patriótica.
Desde mi particular punto de vista y al tenor de los especialistas en el tema, los veinticuatro artículos que se pretenden reformar no solucionarán el problema de fondo que tenemos. Solo por mencionar uno: la población de a pie —pueblo originario, ancestral, indígena y mestizo— está olímpicamente excluida de la redacción de la CPRG y, en la práctica, es un mito la puesta en marcha de los primeros cuatro artículos del texto constitucional. En ese sentido, necesitamos para ayer una refundación del Estado, donde tengan voz y voto los más desposeídos, los olvidados intencionalmente. A este respecto, comparto el sentimiento de una vecina comunitaria de Totonicapán: «En realidad, al momento de organizar este Estado, el sistema de justicia se pensó desde el poder dominante. Muy difícil pensar en la sociedad que la conforma. Los cambios necesarios desde lo diverso que conformamos la sociedad del país no se piensan, pues el poder no quiere perder privilegios». La pregunta del millón es: ¿la élite económica, política e incluso religiosa permitirá refundar el Estado para beneficiar a esa sociedad diversa, pobre y sin voz?
Permítame regresar y soñar con un Estado medianamente al servicio de sus habitantes. Insisto, el Estado tiene una enfermedad casi terminal; en ese sentido, me atrevo a pensar en un tratamiento de emergencia, digamos, quirúrgicamente aplicado en el lugar donde es necesario combatir la enfermedad, mientras el paciente, el equipo especializado y los medicamentos se preparan para aplicarlo y así salvarlo de una muerte anunciada desde hace rato.
¿Estaremos dispuestos a seguir aportando para evitar el colapso total del Estado? Personalmente creo que sí. La acción emprendida por PODER CIUDADANO refleja esa empatía patriótica y, sobre todo, se acciona legalmente. El artículo 277 constitucional obliga a la recolección de por lo menos cinco mil firmas de ciudadanos debidamente empadronados. Luego, el paquete de artículos a reformar debe llegar al Congreso de la República para su análisis correspondiente. Este proceso es el que no dicen los corruptos; obviamente quieren manipular a la población: no son cinco mil personas las que quieren «tocar» la Constitución. Se requieren, como mínimo, cinco mil firmas que respalden la petición de reforma a la Constitución para luego ser trasladada al Congreso de la República, que las analizará y dirá si aprueba o no la reforma. En caso de que el Congreso apruebe la reforma, debe trasladar su resolución al TSE y este —TSE— debe convocar al pueblo a una CONSULTA POPULAR para que sea el pueblo quien decida si aprueba la reforma a la Constitución o no la aprueba. Estimado lector, la desinformación o la mala información no deben prevalecer. Informémonos, analicemos y saquemos nuestras propias conclusiones.
«Mi pueblo perece por falta de conocimiento». Oseas 4:6.
Arnoldo Soch Tzul
Contador Público y Auditor, asesor financiero y fiscal de pequeñas y microempresas, exalcalde comunitario, auditor social desde hace más de 25 años.
Cuando la pareja juega como un equipo… y deja de pelear por el balón
En la pareja ocurre lo mismo: cada uno aporta fortalezas distintas y ambos necesitan trabajar por un mismo objetivo.
Cada fin de semana millones de personas se sientan frente al televisor para ver un partido de futbol. Celebran un gol, reclaman una falta, critican al árbitro y analizan cada jugada. Curiosamente, muchas parejas viven su relación exactamente igual: como un partido en el que el objetivo parece ser vencer al otro. En un buen equipo de futbol nadie gana porque tenga once delanteros. Se necesita un portero que proteja, defensas que sostengan, mediocampistas que conecten y delanteros que definan. En la pareja ocurre lo mismo: cada uno aporta fortalezas distintas y ambos necesitan trabajar por un mismo objetivo. Cuando uno quiere ser siempre el goleador y el otro siempre tiene la culpa de los errores, el equipo deja de funcionar.
Las estadísticas respaldan esta idea. El psicólogo John Gottman, tras estudiar miles de parejas durante más de cuatro décadas, encontró que puede predecir con más del 90% de precisión cuáles relaciones permanecerán juntas observando su forma de comunicarse. Su conclusión fue clara: no son los problemas los que destruyen las relaciones, sino la manera en que se discuten. En el futbol existe una regla sencilla: cuando un jugador pierde el balón, el equipo no se queda señalándolo durante noventa minutos; todos corren para recuperarlo. En muchas relaciones sucede lo contrario. Se recuerdan errores de hace cinco, diez o veinte años.
Otro dato interesante es que los conflictos son normales. Gottman estima que cerca del 69% de los problemas de pareja son permanentes, es decir, no desaparecen por completo. La diferencia entre las parejas felices y las que terminan separándose no es la ausencia de conflictos, sino la capacidad de dialogar sobre ellos sin destruirse emocionalmente. Aquí entra la comunicación asertiva. En lugar de decir: "Tú nunca me escuchas", es mucho más efectivo expresar: "Cuando hablo y siento que no me prestas atención, me siento ignorada. Me gustaría que pudiéramos escucharnos sin interrupciones." No se trata de ganar la discusión, sino de proteger la relación.
En el futbol existen entrenadores porque incluso los mejores equipos necesitan alguien que observe desde afuera lo que los jugadores no logran ver dentro del campo. La terapia de pareja cumple esa función. No significa que la relación esté perdida; significa que ambos están dispuestos a aprender nuevas estrategias antes de que llegue el silbatazo final.Buscar ayuda profesional no es un signo de fracaso. Es una muestra de compromiso. Así como ningún futbolista profesional se avergüenza de entrenar, ninguna pareja debería avergonzarse de aprender a comunicarse mejor.
Sara María Mendoza G.
Experta en sexualidad, derechos sexuales y reproductivos. Médica General, con especialidad en Ginecología y Obstetricia. Tiene una Maestría en Sexualidad Humana.
OpiniónBienestar y Salud
TDAH: mucho más que ser distraído
Algunas personas pueden olvidar información importante de su día a día, como citas, perder objetos, perder la noción del tiempo o procrastinar.
La información sobre el TDAH es tan limitada que, hace pocos días, se conmemoró el Día Internacional del Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad; sin embargo, el tema no se viralizó. El 13 de julio de cada año se conmemora esta fecha con la finalidad de crear conciencia sobre esta condición del neurodesarrollo, abordar los mitos relacionados con el trastorno y promover el diagnóstico temprano en niños y adultos.
Cuando se habla del Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), muchas personas imaginan a un niño inquieto que no puede permanecer sentado o que se distrae con facilidad. Aunque estos son algunos rasgos asociados, estas características están muy lejos de representar toda la realidad que vive una persona con este diagnóstico.
El TDAH es un trastorno que afecta la forma en que una persona regula la atención, controla los impulsos y organiza su comportamiento. No se trata de falta de disciplina, pereza o mala educación, sino de una condición que puede acompañar a la persona desde la infancia hasta la edad adulta y que se manifiesta de diferentes maneras. Algunas personas tienen dificultades para prestar atención; otras pueden presentar impulsividad o hiperactividad, y también existe la combinación de estas características.
Para determinar si estas conductas están relacionadas con el trastorno, es necesario realizar una evaluación con profesionales especializados que permitan establecer un diagnóstico adecuado, tomando en cuenta que no todas las personas que presentan estas actitudes tienen TDAH.
En la vida diaria, este diagnóstico puede afectar el desarrollo de una persona. En los niños puede dificultar seguir instrucciones, terminar tareas, organizar materiales o mantenerse concentrados en clase. Cuando no existe un diagnóstico y los catedráticos desconocen esta condición, los menores pueden ser señalados o etiquetados injustamente como desobedientes, desorganizados o flojos.
En la edad adulta, estas dificultades pueden continuar. Algunas personas pueden olvidar información importante de su día a día, como citas, perder objetos, perder la noción del tiempo o procrastinar. Debido a la impulsividad, también pueden enfrentar dificultades en la toma de decisiones, realizar gastos innecesarios o interrumpir conversaciones, situaciones que pueden afectar su vida social.
Estas dificultades también pueden impactar el estado emocional de las personas con TDAH. Las constantes críticas por sus olvidos y problemas de organización pueden llevarlas a esforzarse el doble para obtener resultados similares a los de otras personas, lo que puede generar estrés y ansiedad.
Afortunadamente, el TDAH cuenta con tratamientos que pueden incluir terapia psicológica, entrenamiento en habilidades de organización, apoyo familiar y escolar y, en algunos casos, tratamiento farmacológico indicado por un médico especialista. El objetivo no es cambiar la esencia de la persona, sino brindarle herramientas que le permitan desarrollar su potencial y mejorar su calidad de vida.
Crysta Nowell
Psicóloga Industrial / Organizacional, Magíster en Gestión del Talento Humano, asesora en procesos de recursos humanos, capacitadora y especialista en reclutamiento y selección de personal.
OpiniónPsicología
Argentina o España: una final para la historia
Más allá de compartir el idioma, ambas conocen la gloria de levantar la Copa del Mundo y ahora buscan escribir un nuevo capítulo en su historia.
La gran final entre Argentina y España reúne a dos selecciones que han construido su prestigio con talento, personalidad y una identidad futbolística reconocida en todo el mundo. Más allá de compartir el idioma, ambas conocen la gloria de levantar la Copa del Mundo y ahora buscan escribir un nuevo capítulo en su historia.
Argentina llega con tres títulos mundiales (1978, 1986 y 2022), mientras que España conquistó el suyo en Sudáfrica 2010, cuando maravilló al planeta con un estilo basado en la posesión del balón. Hoy, los dos representan escuelas diferentes, pero igualmente exitosas: la intensidad, el carácter y la resiliencia de la Albiceleste frente al orden, la técnica y el juego colectivo de La Roja.
Esta fue una final anticipada. Desde el inicio del torneo figuraban entre las grandes favoritas y respondieron a las expectativas. Argentina volvió a demostrar por qué es una potencia mundial: cuando los partidos exigen personalidad, aparecen el liderazgo, la experiencia y el carácter de un campeón. España, por su parte, confirmó que su nueva generación tiene la calidad suficiente para competir al más alto nivel.
Ninguno llegó por casualidad. Ambos merecen disputar este partido por el futbol que han mostrado y por el esfuerzo realizado durante el campeonato. Ahora solo queda responder las preguntas que definirán la historia: ¿quién marcará el gol decisivo?, ¿quién levantará la Copa del Mundo?
Como aficionado, el futbol se disfruta más cuando se vive con pasión. Hay que elegir un equipo y apoyarlo con el corazón, la voz y el alma. Mi respaldo está con Argentina, aunque también reconocería el mérito de una victoria española.
Un dato para cerrar: Argentina es la primera selección sudamericana en disputar cuatro finales mundialistas en el siglo XXI, mientras que España presume una de las etapas más dominantes del futbol moderno, al conquistar de forma consecutiva la Eurocopa 2008, la Copa del Mundo 2010 y la Eurocopa 2012. ¡Qué viva el Mundial!
César Pérez Méndez
Licenciado en Ciencias de la Comunicación (Usac), con tres maestrías en diferentes campos y Doctor en Investigación en Educación (Usac). CEO de La Voz de Xela, profesor universitario y conferencista.
OpiniónFutbol
Etanol: un reto regulatorio y técnico
Dado que su uso será obligatorio en Guatemala, surge la pregunta: ¿existe la logística para garantizar una implementación segura?
La implementación obligatoria de la mezcla Etanol equivalente al 10% de etanol y 90% de gasolina representa uno de los cambios más importantes en el mercado de combustibles de Guatemala. El Ministerio de Energía y Minas ha emitido la normativa que fija este porcentaje. En Brasil y Estados Unidos el uso de etanol es común, y su experiencia demuestra que su éxito depende de una infraestructura adecuada, controles permanentes y vehículos compatibles. En algunos países se han reportado problemas en motores antiguos o no diseñados para mezclas con etanol, principalmente por corrosión en componentes, deterioro de mangueras, absorción de humedad y reducción en el rendimiento del combustible; supuestamente su rendimiento será más barato, pero lo que no nos han dicho es que se consumirá más rápido, generando más gasto en el consumidor final. Razón por la cual, dado que su uso será obligatorio en Guatemala, surge la pregunta: ¿existe la logística para garantizar una implementación segura? El Ministerio de Energía y Minas ha establecido obligaciones para productores, distribuidores y comercializadores, incluyendo controles de inventarios, contratos de suministro, sistemas de mezcla, toma de muestras y mecanismos de trazabilidad. Sin embargo, la efectividad de estas medidas dependerá de la capacidad institucional para fiscalizar de forma continua a todas las plantas y estaciones de servicio del país. Otro aspecto fundamental es verificar que la mezcla no exceda el 10% autorizado. Si un distribuidor incorporara un porcentaje mayor, podrían presentarse riesgos para vehículos no compatibles, incumplimiento normativo y posibles sanciones administrativas. Además, un exceso de etanol podría afectar la calidad del combustible y generar reclamaciones por daños mecánicos. Por ello, la transparencia en los controles, el muestreo independiente y las pruebas de laboratorio determinarán la confianza de consumidores y distribuidores. La normativa constituye un primer paso; ahora el verdadero desafío será demostrar que Guatemala posee la capacidad técnica y operativa para hacerla cumplir de manera efectiva.
Vilma del Rosario Xicará
Con más de 20 años de experiencia en finanzas, auditoría pública, impuestos y rendición de cuentas. Docente universitaria, Contadora Publica y Auditora, y Dra. en Auditoría Gubernamental y Rendición de Cuentas y Transparencia en la función pública.
OpiniónEtanol
Por amor propio aprenda a descansar
El cansancio es una realidad que a todos nos toca vivir, puesto que todos trabajamos. Hay diferentes tipos de cansancio.
En primer lugar, está el cansancio físico. Este cansancio es consecuencia del trabajo diario que realizamos. El cuerpo se cansa y amerita un buen descanso. Siempre hay que buscar formas creativas para consentir nuestro cuerpo; por ejemplo, un masaje o ir a un sauna. Para que su cuerpo se mantenga en buenas condiciones puede hacer ejercicio, como caminar o nadar. Al cuerpo hay que tratarlo bien, porque es el que nos sirve para todo.
En segundo lugar, está el cansancio emocional o psicológico. Este cansancio es producto de las relaciones que establecemos con los demás, ya sea en la casa, en el trabajo o bien en algún otro espacio en donde haya personas. Este cansancio se adquiere por las relaciones interpersonales. Por lo tanto, sugiero que, si en la familia o el trabajo hay algunas personas tipo mosca, es decir, que fastidian mucho, hay que hacer algo con ellas. Las personas problemáticas no cambiarán nunca, pero usted sí puede cambiar. A todas aquellas relaciones que nos resten energía hay que meterles tijera; caso contrario, terminarán agobiándonos todo el tiempo.
En tercer lugar, existe el cansancio moral. La eticidad es una característica del ser humano y, por lo tanto, todos libremente elegimos hacer acciones buenas o malas. A cada instante estamos obrando y no siempre nuestro comportamiento es coherente entre lo que decimos y hacemos. En sentido religioso, el cansancio moral es fruto del pecado. Pecado es todo aquello que nos aparta de Dios. Y muchas veces nosotros actuamos al margen de Dios, puesto que vivir de esa manera nos hace sentir menos cargos de conciencia. Sin embargo, a nivel de conciencia, todos sabemos que cometemos acciones que nos hieren y con las cuales herimos a Dios y al prójimo, y en esto consiste el cansancio moral. El asesinato, la mentira, el robo y la concupiscencia nos apartan de Dios. Y las personas que viven en pecado grave, con el tiempo terminarán cansadas, porque la conciencia no las deja en paz.
Por último, está el cansancio espiritual. Hay personas que se sienten alejadas de Dios, o bien creen que Dios las ha abandonado y que se ha olvidado de ellas. Van a la iglesia, pero sienten que Dios no los escucha. Otras personas sienten que su fe se está acabando y no confían ni en ellas mismas, mucho menos en Dios. A veces, Dios permite este cansancio espiritual para probarnos en nuestra fe, esperanza y caridad. Las enfermedades, los fracasos y las desgracias que podemos experimentar en nuestra vida, la vida y Dios las permiten para probar qué tan grande y fuerte es nuestra fe.
Frente a estos cansancios, ¿a quién acudimos? ¿Cuáles son nuestras fuentes para encontrar la serenidad y la paz? Jesús nos dice: «Vengan a mí, todos los que están cansados y agobiados por la carga, y yo los aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11, 25-30).
Es en Dios en quien vamos a encontrar el alivio para todos nuestros cansancios. Nunca nos cansemos de pedirle a Dios por todos ellos. Jesús jamás nos dejará solos. En Jesús vamos a encontrar el verdadero descanso de todos nuestros cansancios.
P. Orlando Pérez
Sacerdote católico, Licenciado en Teología, Licenciado en Psicología General, catedrático universitario, con una maestría en Docencia Superior Universitaria.
Fe para construir una familia
Porque el mayor éxito de la vida no será lo que logremos acumular, sino la familia que, con la ayuda de Dios, logremos edificar.
En el mundo empresarial y profesional aprendemos a planificar, invertir y liderar equipos. Sin embargo, el proyecto más trascendente no se desarrolla en una oficina, sino en el hogar. Una empresa puede dejar utilidades; una familia sólida deja un legado que transforma generaciones.
El éxito profesional adquiere un significado más profundo cuando se comparte con quienes amamos. La fe en Dios nos recuerda que el verdadero liderazgo comienza con el ejemplo, el perdón, el respeto y el amor vivido cada día. No se trata de alcanzar la perfección, sino de caminar juntos con esperanza y propósito.
La Biblia nos anima: “Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican”(Salmo 127:1). También nos recuerda: “Yo y mi casa serviremos al Señor” (Josué 24:15), una decisión que fortalece el corazón del hogar. Y el amor, fundamento de toda familia, encuentra su mejor definición en estas palabras: “El amor es paciente, es bondadoso… todo lo soporta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo persevera” (1 Corintios 13:4, 7).
Hoy, más que nunca, nuestros hijos y seres queridos necesitan tiempo, escucha y una fe que inspire confianza. La mejor herencia no son los bienes materiales, sino un hogar donde Dios ocupe el primer lugar.
La invitación es sencilla y profunda: construyamos familias sanas, fuertes y llenas de esperanza, confiando en Aquel que puede sostener cada sueño, restaurar cada relación y dar un propósito eterno a nuestro hogar. Porque el mayor éxito de la vida no será lo que logremos acumular, sino la familia que, con la ayuda de Dios, logremos edificar.
Edwin Ibarra
Médico Especialista en Cardiología y Ecocardiografía. Coach, conferencista y entrenador certificado por el Programa de John Maxwell, Pastor de la Red de Empresarios y Profesionales de Iglesia Bethania Quetzaltenango. Fundador de los Proyectos “Sanando el Corazón” y “Discipulado Empresarial 20/20”.
OpiniónReflexión
¿Qué intención guía tu camino hoy?
La intención es la dirección que le damos a nuestra energía, a las palabras que decimos y a las acciones que tomamos con conciencia. Recientemente leí una frase: «Escuchar tu voz interior es el acto de rebelión más consciente que existe». Qué cierto es; escucharnos requiere valentía, reconocer lo que nos da paz, identificar lo que ya no resuena con nosotros y atrevernos a tomar decisiones que pueden ser retadoras, pero que nos llevan a fortalecer nuestra confianza.
Ser intencionales implica escuchar esa voz interior, profundizar en nuestros pensamientos, ignorar el ruido de las expectativas y las opiniones ajenas, y entender la función de un «sí» consciente y de esos «no» oportunos que construyen la autenticidad.
Te comparto tres sugerencias prácticas para conectar con la intención consciente:
1. Haz una pausa antes de reaccionar: respira profundo. No todo requiere una respuesta inmediata; la decisión puede ser una elección consciente y no solo una respuesta urgente.
2. Elige la energía con la que quieres llegar a cada lugar: por ejemplo, si vas a una reunión de trabajo, puedes elegir presentarte con seguridad y disposición para trabajar. Si compartirás tiempo con tu familia, puedes elegir dejar de lado el estrés y llegar con calma, paciencia y confianza.
3. Arreglo personal: nuestra presencia comunica antes de emitir una palabra; por lo tanto, cómo nos sentimos está relacionado con la forma en la que proyectamos nuestra imagen. Elegir las prendas de vestir, el arreglo del cabello, el cuidado de la piel y el lenguaje corporal debe ser congruente.
Antes de iniciar una conversación importante, tomar una decisión o comenzar tu día, pregúntate: ¿Qué intención quiero que guíe mi camino hoy? Recuerda que, en los pequeños detalles, está el poder de tu imagen.
Carol Contreras
Coach de Imagen
Diferencia entre reír y sonreír
La diferencia entre reír y sonreír es una pregunta que provocará diversas opiniones; sin embargo, estudios han dado a conocer que no existe una diferencia abismal. Algunos la definen como una diferente intensidad de la misma cosa; otros psicólogos y escritores consideran «la risa como una sonrisa a máximo volumen». Pero, más que encontrar diferencias o similitudes entre una y otra, lo importante es conocer el impacto y la importancia de esta acción, que puede ser voluntaria o involuntaria.
La risa es un fenómeno complejo que involucra una serie de músculos, desde los situados en la cara y el cuello hasta los músculos abdominales, provocando una serie de beneficios para la salud que no pueden dejarse de mencionar: fortalece el sistema inmunológico, mejora el sistema cardiovascular y reduce el estrés. Pero esto no es todo; también existen beneficios emocionales y psicológicos: fortalece las relaciones sociales, mejora el estado de ánimo y, si fuera poco, aumenta la resiliencia. A partir de lo mencionado anteriormente, encontramos la importancia de realizar con más frecuencia esta práctica.
Escuché decir, además, que la risa es una característica innata del ser humano; no existe otro ser vivo que pueda realizar tan importante actividad. Algunos podrían decir que la hiena se ríe y, en realidad, solamente aúlla o emite un sonido parecido a la risa; un perrito puede exteriorizar su alegría y felicidad, pero nunca reír. Es entonces la risa producto de la inteligencia, porque es un ejercicio de la inteligencia.
En mi opinión, «la risa es la máxima expresión de alegría y la sonrisa la máxima expresión de gratitud», convirtiéndose en una medicina de bajo costo. Además, ¿a quién le gustaría pasar tiempo con una persona con cara de limón, más agria que el mismo limón?
Por supuesto que no podemos vivir riéndonos todo el tiempo, pero sí podemos tomar un tiempo para considerar la importancia de esta acción. Así que, por favor, «no olvide sonreír y reír», pese a la circunstancia que esté atravesando. No olvide que en la vida todo tiene sentido.
Silvia Morales Paniagua
Docente de nivel primario y básico con Especialidad en Ciencias Naturales. Licenciada en Administración Educativa y Magíster en Educación Superior.
















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